Podemos aprender mucho del Maestro por excelencia: Jesús.

Cuando uno quiere aprender un oficio o profesión, nada como pedir consejo a un experto. En el caso de los maestros (para los que va desde aquí mi admiración y una felicitación en su día, el pasado 15 de mayo), lo mejor es volver la mirada hacia Jesús, el Maestro por excelencia, porque ¡hay tanto que aprender de Él!, por ejemplo, entre otras incontables e invaluables, estas 4 lecciones:

  1. Amen a sus alumnos

Jesús, nuestro Maestro, dijo: “Como el Padre me ama, así los amo Yo” (Jn 15, 9). Sólo el maestro que ama a sus alumnos, con un amor como el de Jesús, como el que describe san Pablo en su Carta a los Corintios 1 Cor 13), puede tenerles verdadera paciencia, no irritarse, no humillarlos, disculparlos, esperar de ellos lo mejor y estimularlos, para lograrlo. Por su parte, un alumno responde mejor a un maestro que le exige mucho o le hace una corrección, si sabe que lo hace por su bien y con amor.

  1. Encamínenlos hacia la verdad

Jesús dijo: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 31), y quienes se acercaban a Él con una pregunta, siempre recibían una respuesta, aunque fueran en mal plan y sólo para ponerlo a prueba. No sólo respondía; también preguntaba, cuestionaba e invitaba a Sus oyentes a reflexionar, a no conformarse con no saber o permanecer en el error. No hay que tener miedo a los alumnos preguntones; al contrario, hay que animarlos, porque su sed de verdad los llevará, tarde o temprano, a Aquel que dijo de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

  1. Anúncienles el Reino de Dios, de palabra y obra

Lo primero que hizo Jesús, cuando empezó a predicar, fue anunciar el Reino de Dios (Mc 1, 14-15). Un maestro católico no puede limitarse a enseñar su materia, sino lo que es fundamental para la vida del alumno: el amor, la solidaridad, la justicia, el perdón, la paz, etc., en otras palabras, los valores del Reino, y no sólo enseñarlos de palabras, sino sobre todo con su propio ejemplo. En tiempos de Jesús, la gente se admiraba porque enseñaba “con autoridad y no como los escribas” (Mc 1, 22). ¿Qué le daba esa autoridad? No sólo Su sabiduría, sino Su perfecta coherencia, pues vivía lo que predicaba. Como dicen por ahí, las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra.

  1. Anímenlos a compartir lo aprendido

Jesús pidió a Sus discípulos: “Vayan por todo el mundo, predicando la Buena Nueva” (Mc 16, 15). Los envió a enseñar y a dar testimonio de lo que aprendieron de Él. Un alumno puede distraerse durante una clase y olvidar pronto de qué trató, pero si sabe que, luego, él debe dar esa clase, pone más atención y se la graba bien, para no olvidarla. Se aprende mejor sabiendo que se ha de compartir lo aprendido. Que los maestros animen a sus alumnos a compartir en casa, con familiares y amigos, los valores que han aprendido.