Oremos juntos por nuestros familiares y amigos y conocidos migrantes

La Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, desde 1914. Una ocasión para expresar nuestra preocupación por las diferentes categorías de personas vulnerables en movimiento, rezar por los desafíos a los que se enfrentan y sensibilizar sobre las oportunidades que ofrecen las migraciones. Para este 2019, el Papa Francisco eligió el tema: “No se trata sólo de migrantes”, para mostrarnos nuestras debilidades y que nadie quede excluido de la sociedad, ya sea un ciudadano residente de larga data o un recién llegado.

En nuestra Diócesis se propuso adelantar esta jornada para hoy domingo 8 de septiembre: “Los migrantes, especialmente los más vulnerables, nos ayudan a leer los ‘signos de los tiempos’. A través de ellos, el Señor nos llama a una conversión, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, a la construcción de un mundo que responda cada vez más al plan de Dios”, escribe el Papa.

Obstáculos y fuerzas contrarias al Reino de Dios

En su mensaje, el Santo Padre describe el escenario mundial que presenta obstáculos y fuerzas contrarias a la presencia del Reino de Dios, ya misteriosamente presente en nuestra tierra: “Conflictos violentos y auténticas guerras no cesan de lacerar a la humanidad; injusticias y discriminaciones se suceden; es difícil superar los desequilibrios económicos y sociales, tanto a nivel local como global, y son los pobres y los desfavorecidos quienes más sufren las consecuencias de esta situación”. Además, “las sociedades económicamente más avanzadas desarrollan en su seno la tendencia a un marcado individualismo que, combinado con la mentalidad utilitarista y multiplicada por la red mediática, produce la ‘globalización de la indiferencia’”.

Emigrantes, emblema de la exclusión

En este escenario, el Papa Francisco señala que, las personas migrantes, refugiadas, desplazadas y las víctimas de la trata se han convertido en emblema de la exclusión porque, además de soportar dificultades por su condición, con frecuencia son objeto de juicios negativos, puesto que se las considera responsables de los males sociales: “La actitud hacia ellas constituye una señal de alarma, que nos advierte de la decadencia moral a la que nos enfrentamos si seguimos dando espacio a la cultura del descarte”. Por esta razón, “la presencia de los migrantes y refugiados, como en general de las personas vulnerables, representa una invitación a recuperar algunas dimensiones esenciales de nuestra existencia cristiana y de nuestra humanidad, que corren el riesgo de adormecerse con un estilo de vida lleno de comodidades”.

El Papa Francisco afirma que, no se trata sólo de migrantes, sino de nuestros miedos. La maldad y la fealdad de nuestro tiempo acrecienta «nuestro miedo a los “otros”, a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros [...]. Esto se nota hoy en día frente a la llegada de migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de protección, seguridad y un futuro mejor: “El problema es cuando esas dudas y miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar, hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y, quizás, sin darnos cuenta, racistas”.