Iglesia Diocesana de Zamora:

La presente Eucaristía nos hace contemplarnos y proyectaros como una epifanía de la Iglesia. Está completa la Iglesia diocesana. Estamos actuando en esta celebración los que participamos en un solo cuerpo, que tiene a Cristo por cabeza; somos miembros suyos que ejercemos distintas funciones y servicios.

Quienes integran el coro; quienes son portadores de los óleos en sus respectivas comunidades; quienes han hecho profesión solemne de seguir a Cristo casto, pobre y obediente; quienes son ahora lo que fuimos ayer los Sacerdotes: jóvenes soñadores y audaces aprendices de pastores en su formación inicial; quienes por el sacramento del Orden estamos al frente de las comunidades creyentes como el que sirve y no como el que domina, nos encontramos todos en torno a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote. El “ora por nosotros, como Sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra . . . y al mismo tiempo es a él a quien dirigimos nuestra oración . . . como nuestro Dios” (San Agustín, comentario al salmo 85).

La Misa crismal que celebramos preludia ya el Triduo Sacro que estamos por comenzar esta tarde, cuando en la Misa “in coena Domini” conmemoremos la Cena de despedida del Señor, antes de pasar de este mundo al Padre. Sagrada cena aquella en que nos regala su Eucaristía, su sacerdocio compartido y el distintivo de la caridad fraterna.

En la oración colecta hemos recordado que por la unción del Espíritu Santo Dios Padre constituyó a su Hijo, Mesías y Señor. Jesucristo es, pues, el primer “Ungido” y enviado para realizar una misión, que ahora nosotros hemos de continuar, por que somos asamblea santa, pueblo sacerdotal, discípulos y misioneros.

La unción bautismal, la de la Confirmación y la unción sacerdotal implican una misión que no es otra que la del “Ungido” por excelencia, Jesucristo, quien en la sinagoga de Nazaret se apropia la profecía de Isaías diciendo de sí mismo: “El Espíritu del Señor me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos. . .”

Ungidas y ungidos del Señor: somos enviados por Él hacia quienes padecen heridas provocadas por el odio, de la idolatría del poder o del dinero, de la discriminación, del autoritarismo o del desprecio por la vida.

Hay caravanas de migrantes hermanos nuestros latinoamericanos peregrinando por nuestro territorio mexicano hacia el espejismo del Norte, porque en su propia tierra no hay condiciones adecuadas que les permitan vivir con dignidad y contar con los recursos suficientes para comer, para vestir o para curar sus enfermedades.

Hay pueblos en nuestro continente que se encuentran al borde de una guerra civil, porque ha faltado diálogo entre autoridades y súbditos, así como una justa distribución de los recursos y una sana administración de la justicia por parte de quienes ostentan el poder político o económico.

A lo largo y ancho del territorio mexicano se vive con miedo y angustia. Nuestros pueblos se experimentan indefensos frente a muchos atropellos y amenazas de quienes se agrupan para sembrar muerte y provocar el llanto y luto en muchos hogares de gente inocente.

Estas y otras situaciones inhumanas han de ser transformables no por decretos autoritarios o discursos enardecidos sino por Aquel que son su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida.

El fruto anhelado de la Pascua es la paz. El saludo de Cristo resucitado en cada aparición a sus apóstoles es: “La paz esté con ustedes”. Sin esperar pasivamente soluciones que nunca llegan y sin mostrarnos ingenuos ante los nuevos mesianismos políticos, invito a todos en esta Pascua a actuar con mayor responsabilidad como constructores de paz, empezando por desterrar de nuestro corazón toda soberbia y toda rivalidad estéril; toda envidia y toda mentira.

Me alegra en esta Semana Santa el despliegue de ejércitos pacíficos de misioneros - muchos de ellos jóvenes – que dejando la comodidad de su casa se han hecho presentes en muchas comunidades pobres para ayudarles a crecer en la fe, compartiéndoles el gozo del Evangelio.

En este día solemne de la institución del Sacerdocio, quiero recordar a todos lo que apropósito del ministerio sacerdotal expresé en el decreto de promulgación de nuestro Plan Global de Pastoral el 24 de junio de 2012: “Sin duda el ministerio más importante y decisivo para la puesta en marcha del presente plan es el de la conducción pastoral, propio de los sacerdotes. Estamos frente a las comunidades como servidores atentos a incluir a todos, valorando los distintos servicios, carismas y ministerios que el Espíritu fecundo ha sembrado en nuestras comunidades creyentes para edificación de las mismas. Estas, cada vez más maduras en la fe, se abrirán al encuentro de los más alejados para compartirles el gozo de creer”.

El ministerio sacerdotal es decisivo no sólo para implementar un plan Pastoral con una vigencia temporal limitada, sino su relevancia es permanente para la edificación de nuestras comunidades en la fe, en la práctica de la caridad y en la promoción de la justicia.

En nombre propio y en el de mis hermanos sacerdotes pido perdón al pueblo creyente por las veces que hemos provocado división en lugar de fomentar la comunión; por las ocasiones en que nuestra conducta ha escandalizado y por las actitudes que nos han hecho aparecer no como servidores, sino como dominadores sobre el rebaño a nosotros confiado por el mayoral de los pastores.

Con verdadera humildad hoy después de que mis hermanos sacerdotes renuevan las promesas hechas el día de su ordenación sacerdotal, voy a pedir a ustedes, hermanas y hermanos laicos que oren por ellos y por mí para que desempeñemos con fidelidad y entusiasmo el ministerio que Cristo nos ha confiado.

Hermanos y hermanas portadores de los santos óleos, lleven a sus comunidades esa carga preciosa; el óleo de los Catecúmenos, el óleo de los Enfermos y el Santo Crisma. Son aceites benditos que se emplean en la administración de los sacramentos y que destilan fuerza, alegría y vida.

Lleven también el cariñoso saludo de este presbiterio diocesano y de su obispo, que a todos deseamos la paz de Cristo resucitado y glorioso.

+Javier Navarro Rodríguez

Obispo de Zamora