Estamos acostumbrados a decir, cada 31 de diciembre, que el año se acabó. ¿Realmente concluyó el año? En realidad, el tiempo no termina; quien se deteriora es cada uno de nosotros. El tiempo sigue su marcha; sólo el ser humano envejece, hasta que decae. Una característica de esta vida es la corrupción, es decir, la descomposición de la materia que, según las ciencias naturales, se transforma. La experiencia que se tiene es que todas las cosas fenecen, incluyendo las más sólidas o fuertes. El hierro, por ejemplo, al reaccionar con el oxígeno, enmohece, hasta convertirse en polvo. Todo en este mundo tiende a perecer y a cambiar, por ello debemos tomar conciencia de que tarde o temprano, terminará el periplo de nuestra vida. Si se usa el sentido común, sólo quedará lo espiritual, pues éste no se puede destruir, por carecer de materia, y tampoco se puede corroborar empíricamente qué sucederá cuando se separe del cuerpo. Como se ignora su proceso, se suele negar su existencia, considerando que la vida se reduce a meras reacciones físicas, químicas y biológicas.

Por el Evangelio se puede constatar que el Señor nos habló de una vida después de la muerte, totalmente diferente. Nos invitó a no querer ganar el mundo si con ello se pierde el alma (Mt 16:24-28). Sin embargo, el hombre busca a como dé lugar, los bienes materiales, la fama y el poder, como si éstos fueran importantes y como si nos dieran la plena felicidad. Durante los años juveniles, las fuerzas son tales que se considera que siempre se tendrán, pero después de cierto tiempo, empieza el cuerpo a sentir los avatares de la ancianidad, a tal grado que ya no se puede uno mover, aparecen las deficiencias en los órganos y por mucho dinero y cuidados que se tengan, el cuerpo lentamente se extingue. La mujer suele también esforzarse por conservar su belleza, pero la edad pasa factura y se llega a la ancianidad con una figura descompuesta, débil, arrugada y ajada, por ello, al finalizar el año -o cualquier otra etapa-, conviene reflexionar sobre el sentido de la vida.

Ya no es suficiente alcanzar la plena realización si el éxito profesional y económico, la fama y el poder son prioritarios. Más bien, uno debe pensar en el significado de todo cuanto se hace. Esto implica comprender y reconocer que la vida pronto se acaba y que lo espiritual tendrá que tomar otra dimensión, por ello conviene que desde pequeños conozcamos el sentido de la vida. Los padres de familia deberían saber esto para enseñar a sus hijos a vivir de una manera real y no ficticia, como nos lo hace ver el mundo del deporte, del espectáculo, del trabajo, de la economía, etc. La vida debe ser una búsqueda para encontrar un tesoro (Mt 13:44), que es la plenitud de Dios, que puede experimentarse desde esta vida terrena, pero que se cumplirá al final de nuestra existencia. Este tesoro es la gracia y la práctica del Evangelio, que requiere de recorrer un camino estrecho (Mt 7:13-14), por la vía de la virtud y la práctica de la Ley de Dios.

Una lectura obligada para este fin de año es el libro del Eclesiastés o Qóhelet, un texto muy realista -para algunos, muy pesimista-, que nos hace ver la vanidad de las cosas de este mundo. Sus 12 capítulos invitan a reflexionar sobre el sentido de la vida y descubrir que todo lo que aquí se hace es vanidad y que de nada servirá cuando nos presentemos ante Dios, por ello, en el nuevo año olvidémonos del pasado y pensemos qué obras buenas hacer y cómo emplear los bienes y los dones que el Señor nos dio para no “rechinar los dientes” cuando el Señor nos llame a rendir cuentas. Un medio efectivo es practicar las 14 obras de misericordia (corporales y espirituales). Depende de cada uno de nosotros. ¡Feliz año nuevo a todos los lectores!