Miércoles, 10 Marzo 2010
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Sólo Cuando Suceden las Tragedias PDF Imprimir E-mail
Escrito por Abelardo Aldama Andrade   
Domingo, 24 de Enero de 2010 23:20

Las imágenes transmitidas por las televisoras, la Radio y los medios escritos, sobre el desastre en Port-au-Prince, Haití, han sido impresionantes. La gran cantidad de cadáveres nos hace pensar en una tragedia que algunos han calificado como peor que la de Hiroshima y Nagasaki. La devastación es total. La magnitud del sismo y su duración invitan a preguntarnos sobre la razón de esta catástrofe. Además, tal calamidad ha puesto en evidencia 2 realidades del espíritu humano, contrapuestas, que cohabitan al mismo tiempo en nuestro interior: por un lado, la capacidad que tiene todo ser humano normal, de conmoverse ante la desgracia ajena y, por otro, el egoísmo en el que se suele vivir.

¿Tenemos que esperar a que suceda una calamidad como ésta para reconocer cuán ingratos hemos sido con el prójimo?
El propósito de estas líneas es el de reflexionar sobre cuáles son los valores en los que fundamentamos nuestra existencia. Puede afirmarse, de entrada, que nuestra conducta se basa en un egoísmo exacerbado, caracterizado por la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia. En lugar de practicar la solidaridad, la subsidiaridad y el amor, nos dejamos guiar por pasiones que provocan miseria. ¿Durante cuánto tiempo se nos informó que Haití era el país más pobre de Occidente? El índice de desarrollo socioeconómico de Haití, como el de muchas otras naciones, impacta y hace reflexionar sobre la miseria en la que se encuentran muchos de nuestros hermanos en este planeta. Aquí mismo, en nuestras comunidades, existen personas que sufren una miseria inimaginable. ¿Qué decir de nuestros hermanos indígenas? El egoísmo humano llega a ser tan grande, que nos hemos despreocupado de las necesidades del hermano, y cuando la miseria ajena nos interpela, respondemos a Dios como Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4, 9). La verdad es que debemos ser guardianes de nuestros hermanos. No se trata sólo de dinero, sino de comprensión, respeto, apoyo moral, justicia y, sobre todo, de donación, gratuidad y otras actitudes que a diario deberíamos practicar, para que este mundo sea menos ingrato.
El Papa Benedicto XVI asevera en la “Caritas in Veritate” (CV) que “la gratuidad está en su vida [del ser humano] de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida, debido a una visión de la existencia, que antepone a todo la productividad y la utilidad” (CV, 34).
No es Dios el culpable de nuestras desgracias; son, por una parte, las leyes físicas y, por otra, la libertad humana, sus causantes. “Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, la política, la acción social y las costumbres” (CV 34). 
En estos días, en los que el frío ha arreciado, existen personas carentes de lo necesario para cubrirse. El hambre atosiga a muchos hermanos. Las muertes, los homicidios, los secuestros, las extorsiones y la corrupción están a la orden del día, y son muchas las personas que padecen calamidades. La pregunta vuelve a saltar: ¿Por qué tenemos que esperar a que sucedan las fatalidades, para ser solidarios y abandonar nuestro egoísmo? A veces, Dios se vale de ciertas circunstancias para interpelarnos. Aunque pareciera que él se encuentra lejos y que no se ocupa de la existencia humana, en realidad nos compaña y sigue de cerca nuestros pasos, sólo que nosotros no queremos escucharlo.
El Santo Padre ha manifestado, en la encíclica mencionada, que “a veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede -por decirlo con una expresión creyente- del pecado de origen”. Más adelante comenta que “la comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas, una comunidad plenamente fraterna, ni aspirar a superar las fronteras o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la comunión interna, más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca”, y concluye: “Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo, el mal de la historia, ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social” (CV, 34).
En todo momento -y más ahora con la desgracia en Hait- tenemos que practicar la justicia, la solidaridad, la subsidiaridad, la transparencia, la honestidad, la responsabilidad, el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad (CV, 34). No es necesario esperar a que surja una desgracia para sacarlas a relucir.

 

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