Obispos PDF Imprimir E-mail
Escrito por J. Martín Castro Rosas   
Sábado, 21 de Noviembre de 2009 09:40

JOSE ANTONIO DE LA PEÑA NAVARRO

Primer Obispo de Zamora (1862-1877)


UNA DEUDA POR PAGAR

Sin duda alguna la figura y la obra del primer Obispo de Zamora, Don José Antonio de la Peña Navarro, no han sido del todo conocidas y, por lo mismo, tampoco apreciadas en su justa medida, razón por la cual, tanto la ciudad como la Diócesis de Zamora, están en deuda con él.
Ese incompleto conocimiento y esa no justa apreciación del Señor de la Peña pueden deberse a varios factores.
Uno de ellos, sin lugar a dudas, es que casi “nadie es profeta en su tierra” y menos cuando esa tierra fue la Zamora  del siglo XIX, en la que, desgraciadamente, sólo “rifaban” y contaban las familias de abolengo y de dinero... y el Señor de la Peña era de familia humilde y pobre.
Además,  las obras realizadas por el Señor de la Peña, durante su gestión como Obispo de Zamora, más que materiales y de relumbrón, fueron del orden espiritual y escondidas, la “obra negra”, pudiéramos decir, de lo que sus sucesores construirían más tarde.
Finalmente, creo que a este primer Obispo de Zamora no se le ha juzgado en el verdadero y real marco personal, geográfico, religioso, político y económico en el que tuvo que realizar su función de Pastor de la nueva Diócesis:
El haber sido siempre acompañado del infortunio, del dolor y de la enfermedad y el poseer un duro y estricto carácter y  una intención recta (a veces en demasía); el tratar con tres gobiernos distintos y enemigos entre sí (el liberal, el imperial y el porfirista) y la necesidad de acomodar su postura ante ellos, sin menoscabo de la Iglesia Zamorana, dan elementos muy especiales para juzgar la labor de este Obispo.
Además, la inmensidad del territorio de la Diócesis (más de la mitad del Estado de Michoacán) unida a la carencia de medios de transporte, a la inseguridad de los caminos y a su precaria salud; la falta de recursos humanos y económicos, debida a la separación de la Metrópoli Moreliana y a las leyes de Reforma que dejaban a la Iglesia sin bienes y sin libertad; la misma relajación del clero, abonada entre otras cosas por los largos años de guerras civiles y la incomunicación que aislaban peligrosamente a los Sacerdotes de sus Superiores y de sus compañeros y, finalmente, la poca duración  de su gobierno (escasos 12 años), fueron también obstáculos para el desempeño de su misión.


UNA VIDA AL SERVICIO DE LA IGLESIA Y DE LOS DEMAS


José Antonio de la Peña Navarro nació el 28 de mayo de 1799 en Zamora, Michoacán,  donde transcurrieron los años felices de su niñez y en donde, siendo ya un joven, le nació la vocación al Sacerdocio como servicio a Dios y a los demás, por lo que se fue a estudiar al Seminario de Morelia donde realizó su formación eclesiástica de una manera excelente, siendo  ordenado,  a la edad de 29 años,  en Puebla  por el Sr. Don Antonio Joaquín Pérez y Martínez.
A partir de entonces, el Padre Don Antonio, por sus cualidades y virtudes, fue escalando puestos, en los que adquiere la experiencia y la capacidad que pondrá luego al servicio de la Diócesis de Zamora.
Maestro del Seminario, desde recién ordenado y ejerciendo varios puestos en la Mitra; Rector del Colegio Clerical , Párroco, por los años de 1839 y 1840, en Jacona y en 1843 en Dolores Hidalgo, a donde le llega su nombramiento como Canónigo; Examinador de sínodos, Gobernador y Vicario General de Morelia, Obispo Auxiliar de Morelia (aunque no pudo ser consagrado, debido a varias circunstancias) y , finalmente, Obispo de la nueva Diócesis de Zamora.
Al conocerse este último nombramiento, muchos se preguntaron por qué había sido escogido  un hombre tan enfermo, sin abolengo y sin presencia física y social como el Señor de la Peña como primer Obispo de la nueva Diócesis, tan extensa y en la que habría muchos problemas para organizarla...
La respuesta la dio el Santo Padre Pío IX en la Bula del nombramiento del nuevo Obispo de Zamora: “...después de una deliberación diligente.., al nombrar para dicha Yglesia de Zamora, una persona útil y fructuosa, finalmente habiendo considerado los méritos y virtudes con las que ha adornado tu persona el Altísimo y por las cuales Nos, además, te hemos elegido y nombrado Obispo y Auxiliar de Ntro. V.H. el Obispo de Michoacán, con igual determinación y apostólica autoridad. y atendiendo que Tú, aunque por la calamidad de los tiempos no has podido recibir el Ministerio de la Consagración, ni ejercer el otro Oficio que se te ha encomendado, sin embargo has continuado en cumplir los sacerdotales ministerios con probidad, prudencia y ciencia y en dar pruebas a todos de dichas virtudes; sabrás, querrás y podrás, con la ayuda de Dios, gobernar y dirigir felizmente la enunciada Yglesia de Zamora.”


LA OBRA DEL SEÑOR DE LA PEÑA

Después de su consagración episcopal en la Nacional Colegiata de Guadalupe, el 8 de mayo de 1864, el Señor de la Peña tomó posesión de su nueva Diócesis, por “interpuesta persona”, el día 8 de junio de ese mismo año; pero es hasta el 10 de diciembre del siguiente año de 1865 cuando pudo llegar a Zamora a cumplir personal y directamente su papel de Pastor de la nueva Diócesis.
En la imposibilidad de señalar en este espacio todas y cada una de las obras realizadas por el Señor de la Peña en el desempeño de ese papel, nos contentaremos con señalar algunas de ellas:
Prudentes y buenas relaciones con el Gobierno Civil, ya fuera el liberal, el imperial o el dictatorial de Don Porfirio, para lo cual tuvo que poner en práctica sus dotes de político y diplomático, pues, aunque supo siempre defender con energía los derechos de la Iglesia, fue sin embargo conciliador entre su Gobierno y esos Gobiernos y conciliador entre las conciencias de sus feligreses y la implantación de las leyes de Reforma. Como prueba y resultado de ello, tenemos un ejemplo en el siguiente fragmento de la carta que el General Ramón Corona, Jefe del Ejercito Republicano en la Zona Occidente, le mandó desde Guadalajara:
   

“ Guadalajara Octubre 21 de 1867          

Ylmo. Sr. D. José Antonio de la Peña.  Zamora


Muy respetable Sr. mío:
            Con fecha de ayer tuve el honor de contestar a S.S. su muy apreciable fechada de ayer, dándole las más debidas y sinceras gracias por el celo y humanidad verdaderamente dignos de una misión tan sagrada como la suya, con que desempeñó la inspección del hospital de sangre de esa ciudad          
Temiendo que mi citada sufra algún extravío o tenga algún retardo, aprovecho este conducto para reiterarle a nombre de la República y el mío los mas merecidos votos de gratitud por el importante servicio que prestó auxiliando y consolando a la vez su triste y dolorosa situación a muchos pobres soldados.
Oficialmente autorizo a S. S.  para que á nombre de la Nación y al mío, ceda al hospital civil de esa ciudad, los enseres que hayan quedado en el hospital de sangre que estuvo a su cargo.
          Espero me disimulará esta nueva molestia que le dirige su muy atento S.S. Q.B.S.M.
Ramón Corona”


ADMINISTRACION ECONOMICA

Fue admirable la maestría que el Señor de la Peña manifestó en los manejos de las carencias y los dineros de la nueva Diócesis, fruto de la experiencia adquirida en Morelia, donde muchas veces ocupó cargos en los que debió hacer lo mismo.
La extensa Diócesis de Zamora, no contaba con dinero para su Gobierno y Administración (oficinas y personal de la Mitra, Cabildo, etc.), ni siquiera lo hubo para completar los gastos de su traslado de Morelia a Zamora y su recibimiento en esta.
Las nuevas Leyes de Reforma habían despojado a todas las Diócesis de la República (también a la de Zamora) de casi todos sus bienes y les habían cerrado muchas de las puertas para conseguir los dineros necesarios para  las obras de beneficencia y promoción humana que llevaban a cabo. El nuevo Seminario (antiguo Colegio de San Luis del P. Villavicencio) no tenía dineros, “ni siquiera para pagar la leche y el pan de los seminaristas”; la Parroquia de la ciudad había sido convertida en Catedral y ”... estaba amenazando ruina”
El Señor de la Peña con la obtención de un préstamo de Morelia y con la organización de los diezmos y Pindecuarios de los pueblos de la Meseta, así como con la reorganización y control de la Vela Perpetua y hasta con rebajar los sueldos de los Canónigos, y la implantación de una vida episcopal austera pudo, poco a poco, sortear la difícil situación y sacar adelante, económicamente a  la Diócesis.


CONTRA LA POBREZA Y LA INJUSTICIA

Fueron notorias en el Señor de la Peña la preocupación y la pena que la injusticia y la pobreza ocasionaban a su alma, de ahí que desde el púlpito y, sobre todo, en varias de sus Pastorales, Circulares y cartas, condenara enérgicamente la explotación de los peones en las Haciendas, la compra de semillas “al tiempo” y la usura y el agio, condenaciones que le acarrearon, en muchas ocasiones, enemistades de algunos hacendados y de algunos Sacerdotes amigos de ellos.
Procuró también, en la medida de lo posible, la formación de algunas obras de beneficencia y de promoción humana en toda la Diócesis y, en especial en la ciudad de Zamora, como dispensarios, desayunos, etc.


LA EDUCACION, SOBRE TODO EN LA MESETA PUREPECHA

Otra de las preocupaciones y ocupaciones del primer Obispo de Zamora fue la educación del pueblo, sobre todo de los habitantes de la Meseta purépecha, a tal grado que llegó a pedirle a uno de sus Párrocos enfermos que no saliera de su Parroquia y que “lo único que le encargaba era el Sagrario y la escuela de los niños”. En muchas de sus poblaciones se establecieron escuelas para niños y para niñas por su encargo y con su ayuda.


EL SEMINARIO Y LOS SACERDOTES

Desde su llegada a la nueva Diócesis, se preocupó el Señor de la Peña por la organización del Seminario, atendiendo a su sostenimiento y llevando a él los mejores maestros Sacerdotes y algunos laicos. Sus visitas a él y su trato con los Seminaristas y formadores era continuo y paternal, interviniendo personalmente en la organización, planes de estudio, etc. de esa Institución.
“Un padre de familia sin energía no educa a sus hijos” llegó a escribir en una de sus Pastorales el Señor de la Peña. Y él Señor quería ser un verdadero Padre para con sus Sacerdotes y, como tal, les hablaba con el corazón,  sin miedo ni intención de herirlos, pero sí con la claridad y la energía necesarias  para corregirlos, buscando sólo su bien y el de los fieles.  Esto, desde luego y como sucede siempre,  molestaba a muchos, como cuando, al ver que los Sacerdotes no asistían a la Misa del Corpus, (que en Zamora se celebraba con gran solemnidad), los obligó a asistir imponiéndoles una multa pecuniaria para los gastos de Catedral; o como cuando no querían aceptar un cambio de Parroquia,  les daba sus licencias ministeriales sólo para el lugar al que los destinaba; o bien, cuando alguno de ellos descuidaba el archivo parroquial, los obligaba a  que lo arreglaran o, si ya estaban en otra Parroquia, los conminaba a que pusieran alguna persona  a hacerlo y pagaran de su propio peculio por ello.
Su mayor caridad y su mayor energía estuvieron  siempre dirigidas hacia sus Sacerdotes. Unos días antes de morir, escribió una Circular para ellos, Circular que no alcanzó a publicar, porque lo sorprendió la muerte, pero que el Señor Carranza, Vicario Capitular, publicó “como símbolo de su última voluntad” y como lección que “se nos da para hacernos entrar en el verdadero camino que conduce a la vida eterna”. Un fragmento de esa Circular  mostraba el corazón dolorido de un padre y la franqueza de su pensamiento, franqueza que también dolía ciertamente a quienes iba dirigida:
“Enormísimos son los estragos que las feligresías padecen cuando los Pastores degeneran en mercenarios; ¿pero cuánto mayor será si de mercenarios pasan a hacerse lobos?...Hechos pues los Sacerdotes de Jesucristo unos hambrientos lobos, toman todas las formas de estos, se arman de su propia fiereza y así preparados, asaltan rabiosos a las ovejas e invierten en daño de ellas lo que en otros tiempos contribuía para su bien....

  

LA MUERTE DE UN JUSTO


La muerte sorprendió al Señor de la Peña en pleno ejercicio de su labor pastoral. Cuando realizaba, a pesar de su enfermedad, la Visita Pastoral a las Parroquias del rumbo de Tingüindín, se puso grave y fue llevado, en su traslado a Zamora, a Tarecuato, donde murió después de una dolorosa agonía. Su muerte, como su vida, fue la de un justo, como lo señaló en Señor Canónigo Aguilar, al dar cuenta de la agonía y de la muerte de aquel Prelado Santo al Cabildo Zamorano:
“...El Prelado padece demasiado, pero su virtud le hace tener un rostro sereno, y una conformidad que admira y que es propia de los justos, admira cómo este justo pueda vivir abrumado de dolores, y sin alimento siendo que “el espíritu es débil y la carne es flaca” pero esto no nos admira a los católicos porque sabemos que el justo vive en la fe.
El Ilmo. Sr. Obispo es un Justo: edifica su resignación y entereza; sus pensamientos están fijos en Dios y su alma pura solamente se  interesa en no ofenderle.

¡Murió ya nuestro Amado Padre! Concluyó su vida de varón Santo!¡Ha terminado su carrera en este mundo el soldado valeroso que con sus virtudes cristianas planteó y enseñó en estos pueblos el Santo Temor hacia Dios! Ha pasado a las mansiones celestiales el Ilmo. Sr. Dr. Don José Antonio de la Peña y Navarro 1er. Obispo de esta Santa Yglesia de Zamora!
Así murió Don José Antonio de la Peña y Navarro, hombre en el que, a través de sus escritos, su vida y sus obras, se pueden encontrar todas las virtudes cristianas y sacerdotales.

 

 

 

 

JOSE MARIA CAZARES Y MARTINEZ


Segundo Obispo de Zamora (1878-1909)


Después de casi 32 años, la historia volvía a repetirse y Zamora, la ciudad y la Diócesis, volvían a llorar y a sufrir la pérdida de su Pastor, casi en las mismas circunstancias...
El 25 de febrero de 1909, el Señor José María Cázares y Martínez, segundo Obispo de Zamora, salía a su última Visita Pastoral, comenzando por  Ecuandureo, haciendo un alto en La Noria para seguir luego a Churintzio y finalmente a Zináparo, donde empezó a sentirse mal. Su amigo Don Pedro Jiménez lo llevó a su Hacienda de La Tepuza y ahí el Dr. Riera  aconseja lo lleven a Guadalajara en donde, el martes 23 de marzo, le diagnostican "impaludismo complicado con hemoglobinuria" y el día 31, Miércoles Santo, después de pedir, juntamente con los últimos Sacramentos,  perdón a quienes hubiese ofendido, rodeado de algunos de sus más cercanos colaboradores venidos de Zamora, entrega su alma al Señor a las 4:10 de la tarde. En un tren especial es traído luego su cadáver a Zamora, donde el llanto y la tristeza invaden los corazones...
¡ Qué lejos y qué cerca había quedado aquel día en el que Monseñor José Ma. Cázares recibió en Morelia su nombramiento de Obispo de Zamora para suplir al recién fallecido Don José Antonio de la Peña !.. Sin duda, ese día, llegaron a su mente los recuerdos: su nacimiento en La Piedad el 20 de noviembre de 1832,  su bautismo con el nombre de José Ma. de la Merced y la imagen de sus padres Don Ignacio Cázares y Doña Ignacia Martínez... los primeros años de su infancia en su tierra y sus "pininos" en el aprendizaje con su maestro Bernardo o con el Sr. Cura Don Antonio de la Parra y, más tarde,  su estancia en Zamora, en 1846, en el Colegio San Luis del Padre Villavicencio hasta el año de 1849 para pasar luego como alumno externo del Seminario de Morelia.
Vendría luego su ida a la ciudad de México donde recibió su titulo de Abogado en el Colegio de San Ildefonso,  y donde se entrena en su carrera,  pasando luego a su tierra para ejercer su carrera al mismo tiempo que es nombrado Juez de Primera Instancia.
Finalmente (hacía unos cuantos años) la invitación del Sr. Arzobispo de Michoacán Don Ignacio Arciga, durante la Visita Pastoral a La Piedad, para abrazar el Sacerdocio, su ordenación sacerdotal en 1869,  su ida, como Teólogo Consultor del Sr. Arciga, al Concilio Plenario Latinoamericano y sus cargos de Párroco del Sagrario, de Rector del Seminario, de Vicario General, de Canónigo y Juez de Testamentos y, finalmente el recién llegado nombramiento de Roma por el Papa León XIII, como Obispo de Zamora.
         La Diócesis de Zamora tenía ya poco más de un año de estar vacante, pues el Señor de la Peña había muerto el 13 de julio de 1877  y hasta el 16 de agosto de 1878, se supo la noticia de que  en el Consistorio del 15 de julio de 1878 el Sr. Cázares había sido nombrado Obispo de ella, siendo consagrado como tal en Morelia el 20 de octubre de ese mismo año y el 16 de noviembre, a las 3 de la tarde, se le dio posesión canónica de su Diócesis en la Catedral de Zamora..
A pesar de los esfuerzos del Sr. de la Peña, la Iglesia zamorana seguía padeciendo de escasez de clero y de abundancia de problemas; muchos de sus habitantes se habían alejado de su fe a causa de las continuas luchas que asolaban al país, de la poca instrucción religiosa y del mucho acoso y predica antireligiosa de gobernantes y maestros. Pero el Señor Cázares llegó a su Diócesis a entregársele amorosamente en cuerpo y alma, hasta el exceso, de tal manera que en 1889 renuncia a ella, por achaques de salud, pero no le es aceptada tal renuncia y le nombran Obispo Coadjutor al Sr. José de Jesús  Fernández y en noviembre de 1908 es nombrado arzobispo titular de Cizico, quedando como Administrador Apostólico, mientras se nombraba a otro Obispo de Zamora.
Sin duda alguna, el Señor Cázares es el Obispo de Zamora del que más se ha escrito, sobre todo a raíz de su Proceso de Beatificación, y del que quizás más se vaya a seguir escribiendo. El presente artículo sólo pretende recordar algunos rasgos de su recia personalidad y de la extraordinaria obra que realizó en la Diócesis de Zamora.

EL HOMBRE

El Lic. Francisco Pascual García, miembro de número de la Academia Mejicana Correspondiente a la Real Española, durante la Dieta Zamorana en 1913 así describió al Señor Cázares:
“... Fue un carácter, y no como quiera, fue un gran carácter. A su talento claro y profundo como pocos; a su ciencia teológica, jurídica y filosófica, nada común; a su lógica contundente reunía una serenidad cristiana y una firmeza apostólica y pastoral, inexorable como ninguna.
Algunos de sus fallos eclesiásticos podrían servir a cualquier tribunal del mundo como una eclesiástica disciplina. Para él no había más sistema que la Ley de Dios y los cánones de  la Iglesia, ¡el deber y sólo el deber, en lo grande como en lo pequeño!
El no hacía sino lo que, según su conciencia, debía hacerse...”
El Señor Cázares, antes que nada fue hombre y, por lo tanto, también tuvo sus defectos. De ninguna manera se le debe presentar, desde su nacimiento, como Santo,  sin defectos y como un dechado de todas las virtudes (que ciertamente las tuvo y tocará a la Iglesia el juzgar en qué grado) durante toda su actuación en las distintas etapas de su vida.

EL VARON SANTO

Como humano, el Señor Cázares debió tener deficiencias y defectos, pero estos son precisamente la materia prima para lograr la verdadera santidad, ya que esta consiste en la lucha contra ellos y su extirpación, cosa que sin duda alguna el Señor Cázare hizo durante toda su vida. Algunos lo  juzgaron duro, propenso a la discriminación, soberbio... pero su lucha contra esos defectos y otros más, así como sus resultados se ven confirmados claramente en innumerables testimonios de quienes lo conocieron y trataron y se ven reflejados en sus escritos y sermones y, sobre todo, en sus actuar diario y largo a través de sus 77 años de vida.
La caridad le transpiraba por todas partes y siempre pretendió ser veraz en la palabra y coherente en sus actos. Su recia fe y su sincera piedad fueron los elementos que lo mantuvieron constantemente pegado a su Dios y a sus semejantes. Su lealtad a la Iglesia se manifestó siempre en la obediencia razonada a los Superiores y en la defensa apasionada de los derechos de esa Institución, tanto a nivel mundial, como nacional y particular en su Diócesis.
La práctica de la justicia fue una de sus obsesiones y fue la causa y el motivo de muchos de los problemas que tuvo. Finalmente, y en la imposibilidad de hablar de algunas otras virtudes, el Señor Cázares fue un apasionado de su oficio: un apóstol de tiempo y de entrega completos.

EL PASTOR

Como tal, conoció bien a sus ovejas, las trató muy directamente y les dio los pastos que ellas necesitaban.
Como Predicador era sencillo, claro y valiente, yendo siempre “al grano” y escogiendo los temas que sabía sus oyentes necesitaban, sobre todo lo referente a la instrucción religiosa básica.
Uno de los mejores instrumentos que utilizó para el buen pastoreo de su Diócesis fueron las Visitas Pastorales a las Parroquias. Ocho meses de cada año y durante muchos los dedicó precisamente a practicar esas Visitas, de tal manera que conoció perfectamente su Diócesis, sus Sacerdotes y sus fieles. Las Hermanas de los Pobres en su Proyecto Cazariano han reconstruido las rutas de esas Visitas Pastorales del Señor Cázares y esa reconstrucción les da un total de 25, 767 kilómetros recorridos y no en coche, sino a pie o a caballo y en todos los distintos terrenos
Las Visitas Pastorales del Señor Cázares no eran simples paseos turísticos, sino efectivos sacudimientos espirituales de los pueblos donde las practicaba. Llevaba todo un equipo de Sacerdotes con los que realizaba verdaderas misiones con innumerables confesiones, matrimonios, primeras Comuniones y confirmaciones. En el mismo Proyecto Cazariano se calcula que fueron 242,690 las Confirmaciones administradas por el Señor Cázares durante sus Visitas Pastorales.

EL EDUCADOR

El Señor Cázares fue un convencido de que, sin educación religiosa o cultural, no hay progreso en ninguno de los órdenes.
Fue por eso que se empeñó en la organización del Seminario, de la Escuela de San Luis, de las distintas escuelas en las Parroquias, trajo a los Hermanos Maristas y permitió el Noviciado de los Jesuitas en San Simón y luego en El Llano, Noviciado que trajo a la Diócesis innumerables beneficios, ya que la presencia de hombres como el Padre Pro y la Ordenación de casi medio centenar de Jesuitas estudiantes en ese Noviciado dejaron profunda huella en el pueblo cristiano. Baste recordar a los Padres Carlos Ma. Heredia, Julio Vértiz, Marcos Gordoa, etc.

EL FUNDADOR

Y fueron precisamente su convicción y vocación de Educador y su enorme caridad las que  movieron al Señor Cázares a fundar la Congregación de las Hermanas de los Pobres, expresión completa del espíritu del Señor Cázares: a la Srta. Margarita Gómez (ex novicia de las Hijas de la Caridad) en Sahuayo, le pidió que fundara una Congregación con “el espíritu y las Reglas de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul”. Y esta idea le nace sobre todo "al ver la miseria y despojo de los pueblos indígenas ..." El fin principal (de las Hijas de la Caridad, cuyas reglas son adoptadas en un principio para las Hermanas de los Pobres) es “para honrar  a Nuestro Señor Jesucristo, como manantial y modelo de caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los Pobres, ya sean enfermos, niños, encarcelados y otros cualquiera que por rubor no se atrevan a manifestar sus necesidades”.
En el Informe enviado a la Santa Sede por la Congregación de las Hermanas de los Pobres el 20 de febrero de 1913 se dice:  “ la idea primitiva del Sr. Cázares fue fundar una Congregación Religiosa Diocesana de jóvenes piadosas que, impartiendo gratuitamente a los párvulos y niñas pobres de su Obispado los rudimentos de la Doctrina Cristiana, se librasen de los muchos y graves peligros consiguientes a su humilde posición social”
Y en otro testimonio: “... su fundador (de las Hermanas de los Pobres), consultando a la urgente necesidad de enseñar a lo menos los rudimentos del Catecismo a los indígenas del Obispado...” se lanza a la formación de dicho Instituto.
Fueron además otras varias las asociaciones que el Señor Cázares fundó,  promovió u organizó durante su Gobierno en la Diócesis.

EL CONSTRUCTOR

Juntamente con la construcción espiritual de la Iglesia Zamorana, el Señor Cázares también fue un gran constructor de obras materiales
Podemos enumerar la continuación y terminación de Catedral de Zamora en la Plaza, así como de La Purísima, la iglesia votiva de Zamora por haber sido liberada del cólera por María Santísima. La iglesia de San José que se empezó a construir en 1880 y la reconstrucción del templo de San Francisco, destruido en 1863 y reedificado en 1881; el Santuario de Guadalupe (hoy iglesia de san Juan Diego) que aunque fue obra principalmente de Don Esteban Méndez, fue sin duda el Señor Cázares gran cooperador e impulsor de tal construcción.
Podemos añadir la Casa de Ejercicios de los Dolores, el Asilo del Sagrado Corazón, etc. Pero su obra magna, como constructor fue sin duda la Nueva Catedral (hoy Santuario Guadalupano) en la que puso todo su corazón, su peculio y su interés. La pensó en grande y a futuro, de tal manera que alguien llegó a decir (sin intención de herir a nadie) que tal construcción era “poca para Dios, pero mucha para Zamora....”
En todas ella, como consta en los distintos Libros del Archivo Diocesano, el Señor Cázares intervino, no sólo con su licencia y promoción, sino con fuertes cantidades de dinero de su propia bolsa.

EL SEMINARIO

Parte importante de la obra del Señor Cázares fue sin duda el Seminario, pues además de luchar por una formación completa de los futuros Sacerdotes, exigió siempre de ellos una sólida piedad y una entrega generosa, fundó siete seminarios menores (Sahuayo, Cotija, Purépero, Cojumatlán, Uruapan,  Yurécuaro y la Escuela de San Luis Gonzaga en Zamora.
Además, abre las puertas del Seminario a los externos y lo convierte en un verdadero y reconocido Centro de Estudios Superiores. Una muestra de ello son algunos de los alumnos egresados de ese Seminario: además de toda la pléyade de eminentes Sacerdotes, con Leonardo Castellanos y Rafael Guízar y Valencia a la cabeza, están Amado Nervo, el General Francisco Mújica, Luis Alvarez y Alvarez, Rafael Sánchez Tapia, Gobernador de Michoacán, Daniel Valencia, Presidente de la Suprema Corte de Justicia, Perfecto Méndez Padilla, Diputado al Congreso y Vicepresidente del Partido Nacional Católico, etc. etc.

LOS SACERDOTES

Fueron la preocupación máxima del Señor Cázares por ser ellos la piedra fundamental, la espina dorsal de todo Obispo en la administración de su Diócesis. De ahí que se preocupó constantemente por que sus Sacerdotes tuviesen una formación humana y espiritual a la altura de su misión. La calidad del clero de Zamora durante el Gobierno del Señor Cázares fue reconocida por propios y extraños y, en cuanto a la cantidad del mismo clero, debemos decir que fue durante el Gobierno del Señor Cázares cuando en la Diócesis de Zamora se ordenó el mayor número de Sacerdotes, pues en una ocasión informó a la Santa Sede que de los 125 Sacerdotes de su Diócesis, 70 habían sido ordenados por él.
Es cierto que tuvo varios problemas con varios Sacerdotes, (entre ellos con el Padre Antonio Plancarte, con el Padre Rafael Guízar y Valencia, con el Padre Sámano y aun con su propio Obispo Coadjutor el  Sr. Fernández, pero todos nacen de su empeño y recta intención  por defender la disciplina y la autoridad y esperemos que el tiempo y la historia juzgarán correctamente tales incidentes.

EL BENEFACTOR SOCIAL

El Señor Cázares también admitía que “está primero comer que ser cristiano” de ahí que la labor social desarrollada por él en su Diócesis fue extraordinaria y casi imposible de enumerar en estos pocos renglones:
Asilos de niñas en Uruapan, Tangancícuaro, Paracho, Pamatácuaro, Patamban, Cotija, Nahuatzen, Ziracuretitro, Coalcomán, Taretan, Purépero, Tancítaro, Tingambato... Hospicios y Hospitales que ya existían en tiempos del Señor de la Peña, pero que él organiza y aumenta su número.
La Casa de Beneficencia, el Monte de Piedad, los Asilos de Madrigal (en Pino Suárez), del Corazón Inmaculado de Maria en San Francisco (en la antigua huerta de los franciscanos), el de niños frente a los Dolores (hoy Mercado Hidalgo),  la Escuela de Artes y Oficios, etc. etc.
Con cuánta razón se permitió por parte del Gobierno del Estado que la antigua Calle del Relox llevase su nombre, aun  antes de morir, por ser “un verdadero benefactor de la ciudad”

*                                    *                                       *                                               *

Obra admirable la de este hombre extraordinario que, según el Informe del Delegado Apostólico en México a la Santa Sede en 1905, “llevó a Zamora a ser la primera Diócesis de la República Mexicana”

 

 

 

 

JOSE DE JESUS FERNANDEZ


Obispo Coadjutor del Señor Cázares (1899-1907)

 

Hay un pueblo en nuestra Diócesis,  perdido entre Tacátzcuaro, Tocumbo y Cotija, poco conocido y visitado, pero un pueblo sobre el que sería necesario, más que sobre otros muchos  pueblos,  hacer  un estudio antropológico- religioso y cultural. Hablo de Santa Inés y digo lo anterior porque, aunque es  muy pequeño, sin embargo presenta un fenómeno (porque realmente es un fenómeno): de él han salido más de 50 Sacerdote (entre ellos 3 Obispos) para diversas Diócesis y para varias Congregaciones , más de 70 Religiosas y un sin número de profesionistas y hombres de empresa.
Y fue precisamente en Santa Inés, entonces un pequeño rancho,  donde  el 19 de junio de 1865 nació Silverio de Jesús, hijo legítimo de José A. Fernández y de María Barragán y futuro Obispo Coadjutor del Señor Cázares y Martínez.
       Ahí, en Santa Inés hizo sus primeros estudios, pasando luego, a los 16 años de edad, a Cotija, donde terminó la primaria con Doña Jacinta F. Viuda de Brambila y entró al Seminario Auxiliar establecido en esa población, para estudiar Latín y Filosofía. A los 20 años, se trasladó a Zamora a estudiar Teología en donde recibió la primera tonsura y las cuatro órdenes menores el 20 de febrero de 1888; el Subdiaconado el 22 de marzo de 1890 en el templo de San Francisco; el Diaconado, el 31 de mayo siguiente en la misma iglesia y el 20 de septiembre de ese mismo año y en la iglesia de Peribán (durante la Visita Pastoral del Señor Cázares a aquella Parroquia), el Presbiterado.
       Recién ordenado, estuvo de Vicario en Uruapan y, por corto tiempo, como Párroco interino de Taretan. En 1895, el Señor Cázares lo nombró Profesor del Seminario y luego Vicerrector del mismo y en 1898 fue nombrado Prebendado de la Catedral de Zamora.

OBISPO COADJUTOR DE ZAMORA

        El Señor Obispo Cázares, debido a sus enfermedades y al inmenso trabajo y a las incontables  necesidades de la Diócesis, presentó a la Santa Sede su renuncia como Obispo de Zamora, renuncia que no le fue aceptada y, con ocasión de la cual, se le sugirió que eligiera un Coadjutor, con derecho a sucesión, para que le ayudase en aquella ingente tarea. Así lo hizo el Señor Cázares, escogiendo para tal fin, por sus cualidades y virtudes, al Padre Don Jesús Fernández Barragán quien, fue nombrado por la Santa Sede “Obispo Titular de Tloe y Coadjutor de Zamora” y consagrado como tal el 21 de mayo de 1899 en la iglesia de San Francisco de la ciudad de México.
        Así se convertía el Padre Vicerrector del Seminario en el brazo derecho del Señor Cázares, siendo realmente un verdadero coadjutor para él, como más tarde le escribiría en una de sus cartas dirigidas al Señor Fernández, a principios de 1906: “...4º. de parte suya no tengo sino muestras de adhesión, de respeto y de obediencia al Diocesano con quien ha coadyuvado grandemente en los pesadísimos trabajos de la administración de esta Diócesis; por lo cual le  estoy a U. S. Ilma. vivamente reconocido”
Durante lo más pesado de la enfermedad del Señor Cázares, el Señor Fernández “tuvo que llevar todo el peso de la Diócesis”, atendiendo casi por completo su administración y siguiendo el mismo ritmo en el apostolado del Señor Cázares, con las Visitas Pastorales y demás instrumentos de evangelización practicados por su Ordinario, siendo con ello un verdadero Coadjutor para el Obispo Titular de Zamora.

SU OBRA

El Señor Fernández no le fue a la zaga al Señor Cázares en su actividad apostólica y en la realización de obras en pro de la Diócesis. Además de todos sus actos como Ayudante del Señor Cázares en cuanto a las lejanas e intensas Visitas Pastorales, Ordenaciones, Nombramientos, Circulares, Pastorales, etc., realizó obras, en lo particular, de mucho beneficio para la buena marcha de la misma en todos los órdenes y de las cuales podemos señalar algunas:
- En 1903, el Señor Fernández elaboró y entregó al Seminario de Zamora sus Constituciones y Reglamento, buscando con ello una mejor organización y una modernización del mismo y, como sí era de la opinión de enviar elementos a Roma para una mejor preparación académica y una mejor visión humanista en el clero, comenzó por enviar al Pío Latino, con ese fin, al Padre Rafael Galván (futuro luchador social y cristiano, incomprendido en la Diócesis) y al Padre José Ma. González (Arzobispo luego de Durango)
Siguiendo los lineamientos del Concilio Plenario de la América Latina, el Señor Fernández, hizo realidad en la Diócesis de Zamora, antes que en muchas otras Diócesis, dos cosas: El Boletín Eclesiástico y las Conferencias Eclesiásticas.
- El primero, como un lazo de unión entre los Sacerdotes y el Obispo, entre la Santa Sede y la Diócesis, entre el Seminario y las Parroquias y entre ellas mismas y como un vehículo e instrumento de estudio, de comunicación, de información y de conocimiento de la realidad mundial, nacional y diocesana.
- Las segundas, creadas “para que los Eclesiásticos conserven los conocimientos adquiridos en el Seminario y aun los acrecienten con el ejercicio repetido”, se celebraban cada mes y en ellas se discutían casos de Moral, de Dogma, de Liturgia, etc., proponiendo, por turno, cada Sacerdote la solución a ellos y discutiéndola los demás asistentes. Tanto el exponente como los demás Sacerdotes se obligaban, por lo menos una vez al mes, a estudiar, repasar e investigar los temas escogidos para tales Conferencias. El Señor Fernández también elaboró el Reglamento para la celebración de dichas Conferencias Eclesiásticas.
- Para facilitar el Gobierno de la Diócesis y la organización de las Parroquias, creó las Vicarías Foráneas, señalando su estructura, su objetivo y su funcionamiento y agilizando así la labor del Obispo y disminuyendo su carga en muchos aspectos, pues cada Vicario Foráneo podía suplir al Obispo en su Vicaría en ciertos asuntos y realizar ciertas actividades propias de él.
- Paralela a la obra de las Hermanas de los Pobres, fundadas por el Señor Cázares para la atención y educación de la niñez y juventud pobres de la Diócesis, el Señor Fernández promovió y ayudó a los hermanos Guízar Valencia, Antonio y Rafael, a tratar de fundar la Congregación de los Hermanos Esperancistas que se dedicarían principalmente a dar misiones en los pueblos de la Sierra y de Tierra Caliente.
- El Señor Cázares entregó al Señor Fernández la Congregación de las Hermanas de los pobres “para que la organizara o la terminara” y este, no sólo no la terminó, sino que la reorganizó por medio de nuevas Reglas, Ejercicios Espirituales, Visitas, etc. de tal manera que las mismas Hermanas lo consideran como segundo Padre y Fundador.
       - Construyó, contra el parecer y la opinión del Sr. Cázares, el Palacio Episcopal. Como su Ordinario, el Señor Fernández también pensaba “en grande y a futuro” y ante el hecho de que Zamora, ciudad y Diócesis, iba adquiriendo relevante importancia a nivel nacional, de que eran muchos los ilustres visitantes que seguido llegaba  a la ciudad, de que se organizaban y se organizarían eventos importantes, de que los movimientos administrativos del Gobierno Diocesano crecían día a día y no contaba el Obispado con un lugar lo suficientemente grande y digno para todo ello, se propuso construir aquel edificio “con todas las de la ley”. Desgraciadamente el tiempo le dio la razón al Señor Cázares y aquel edificio fue a parar a manos del Gobierno y es hoy el Palacio Federal.
- Para el Señor Fernández, comulgando con la mentalidad del Señor Cázares y alimentado con la lectura de los Documentos eclesiásticos con relación al problema social y a su solución, la Iglesia debería preocuparse principalmente por las clases más desprotegidas, pero no sólo con obras de beneficencia y de una mal entendida caridad, sino con obras de promoción humana, obras que no “dieran pescado, sino que enseñaran a pescar”. Por ese motivo vigorizó y ayudó a la Escuela de Artes y Oficios que tan buenos resultados dio a Zamora y lo mismo hizo con las demás obras sociales establecidas en la ciudad y en varios puntos de la Diócesis.
 - Fue un ferviente practicante y propagador de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, (devoción en la actualidad venida a menos), pues en ella el Señor Fernández descubrió la fuerza y reciedumbre para la práctica de una verdadera piedad y de una vida verdaderamente cristiana. En sus escritos, en sus diversas cartas y en sus diversas actuaciones campeaba su acendrado amor al Corazón de Jesús, como símbolo del amor de Dios a la humanidad, y su convicción de que practicándola realmente, sin “dulzonerías ni sensiblerías”, era un útil y eficaz instrumento para lograr la propia santificación y la santificación de los demás.
- Escribió además de Edictos, Circulares, etc., algunos libros, entre ellos  “Banquete divino”, publicado en 1916, en el que muestra su recia personalidad y su profunda piedad cristiana y sacerdotal.
- A su tierra, Santa Inés, a la que amó entrañablemente, como todos su paisanos sin excepción, le demostró su cariño, entregándole  varias obras materiales y espirituales como, por ejemplo, la planeación y diseño del pueblo, la construcción del Templo y la “Casa Grande”, la fundación, organización y el sostenimiento, casi completo, del Colegio de las Hermanas de los pobres, la construcción de la casa del Capellán de Santa Inés, que en un principio habitó él y, sobre todo, en sus últimos años que los pasó en su querido terruño, la distribución de la gracia y la siembra de los principios cristianos en las almas de sus coterráneos.

RELACIONES CON EL SEÑOR CAZARES

Durante la enfermedad del Señor Cazares y siendo el Señor Fernández, además de su Obispo Coadjutor, el  Administrador Apostólico de la Diócesis, surgieron serias dificultades entre ambos, dificultades que, desgraciadamente, desembocaron en la separación de aquella magnífica mancuerna de apóstoles y grandes hombres.
La historia y el tiempo aclararán  la postura de ambos personajes, pero ciertamente podemos afirmar que esos problemas y esas dificultades nacieron principalmente, no de la mente recta y el corazón abierto de esos dos grandes hombres, sino de ciertas intrigas, celos, envidias y recelos de otras personas que, como otras tantas veces, se convirtieron en instrumentos de división entre el Clero y los fieles de la Diócesis.
La Diócesis de Zamora, lamentablemente, fue testigo de esa división, contra la realidad plena y la completa voluntad de los protagonistas a tal punto que el Señor Cázares se vio precisado a publicar una carta dirigida al Señor Fernández el día 24 de enero de 1906 en la que le decía, corroborando lo anterior: “Ilmo. Señor y amado hermano: Personas de carácter inquieto y mal avenidas con el buen orden y la sumisión a su Prelado, han propalado la falsa especie de que el Obispo de Zamora y su Coadjutor están en completo desacuerdo, hasta el punto de que, lo que uno hace, lo reprueba el otro...”
Y pasaba luego a desmentir todo lo que esas “personas de carácter inquieto” andaban propalando.
Algunas de las diferencias de las que se hablaba eran, entre otras, las siguientes: la construcción del Palacio Episcopal, la Reforma a las Reglas de las Hermanas de los Pobres, el nombramiento de Canónigo para el  Padre Rafael Guízar Valencia a sus 28 años de edad, la invitación a los Jesuitas para establecer su Noviciado en la Diócesis, el envío del Padre Galván y del Padre González al Pío Latino, la celebración del Congreso Agrícola en Zamora en 1906 y la fundación de la Congregación de los Esperancistas ....
Las intrigas, los chismes y la mala voluntad de algunos personajes lograron su objetivo y, para evitar mayores problemas, el Señor Cázares pidió el traslado del Señor Fernández a otra parte, este renunció a Zamora y la Santa Sede lo nombró, el 4 de octubre de 1907, Abad de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe y luego Obispo Titular de Cárpatos. Poco tiempo después, desde su nuevo cargo, el Señor Fernández, al final de una de sus cartas aclaratorias al Señor Cázares sobre los problemas pasados, le escribe: “Que V. S. Ilma. continúe aliviado, son los deseos de su servidor que de corazón lo estima y se encomienda a sus oraciones”
Aquel inoportuno desenlace no pudo acabar con la grandeza de aquellas dos almas.

CALVARIO Y FINAL

Grandes fueron los sufrimientos del Señor Fernández en la Diócesis a la que había entregado por completo su vida y todo lo que ella significaba, a tal grado que, cuando fue trasladado a la Basílica de Guadalupe, le dijo, jocosamente, al Señor Obispo de León Don Emeterio Valverde y Téllez: “He cambiado una mitra de espinas por otra de rosas”.
Aquel cambio total de su vida, el ser reducido a la inactividad pastoral de un Abad (a él que era todo acción y proyectos), la incomprensión y, a veces, las continuas dificultades que encontró con el Cabildo de la Basílica, debido a su “cerrazón” y mala disposición (ya el Señor Don Antonio Plancarte había experimentado lo mismo anteriormente), su emigración a los Estados Unidos, durante la persecución carranzista, fueron minando poco a poco su salud a tal grado que, en 1925, renunció a su cargo y se fue a su querida Santa Inés, donde pasó los últimos años de su vida, haciendo el bien a sus paisanos y sufriendo (a pesar de ser pacifista y no partidario de la fuerza armada) algunos desacatos e irreverencias por parte de los soldados callistas.
Ahí en su tierra y entre los suyos, el 31 de diciembre de 1928, murió el Señor Fernández con las manos llenas de buenas obras, con el corazón cargado de sufrimientos e incomprensiones, pero con el alma henchida de amor a Cristo y a las almas. Contaba con 63 años de edad, 38 de Sacerdote, 29 de Obispo y la admiración, el respeto y el agradecimiento de muchos.
Hasta después de muerto lo alcanzó el infortunio: su hermano el Padre Don Ignacio Fernández lo tuvo que enterrar de noche, debido a la persecución religiosa.
Los caminos de Dios son inescrutables, pero quizás Zamora, al irse el Señor Fernández de la Diócesis, perdió a un gran Obispo, pues iba sin duda a suceder al gran Obispo Cázares y su obra tendría que haber sido de gran beneficio para la Diócesis...
En la Revista Eclesiástica de Zamora, de la que el Señor Fernández fue fundador, se escribió el año de 1965 algo que puede ser el resumen de la vida, el retrato de este gran hombre : “Un hombre eminente, no cabe duda, aunque un hombre incomprendido y vituperado injustamente. Un hombre que cabría perfectamente en nuestro tiempo de renovación, de “revolución”, de adaptación a la mentalidad del Concilio, aunque la realidad y el “conservantismo” de esos tiempos le hayan impedido realizar lo que pretendía”.

 

 

 

 

JOSE OTHON NUÑEZ


Tercer Obispo de Zamora (1909-1922)

 

TRATANDO DE CUBRIR UN HUECO DIFICIL DE LLENAR

A la muerte del Señor Cázares, en Zamora y en todas las Diócesis, en los corrillos eclesiásticos y entre el pueblo, se comentaba lo difícil que iba a ser llenar el “hueco” que aquel hombre extraordinario había dejado... También en Oaxaca, el Señor Arzobispo Gillow lo comentaba, porque conoció y trató al Señor Cázares y porque supo y vio personalmente parte de su labor apostólica en Zamora, pues él había estado en alguna ocasión,  invitado por el Obispo Coadjutor, Señor Fernández, a pasar unos días por estas tierras, en plan de descanso y de experiencia pastoral: Zamora, Estación Moreno, Jiquilpan, Sahuayo, la ribera de Chapala y Yurécuaro, para tomar el tren de regreso a México. Él oyó en esa ocasión y comprobó por sí mismo, la enorme labor del Señor Cázares. Y, sin duda alguna, fue él el que recomendó a su Vicario General y protegido, Don José Othón Núñez Zárate, como sucesor del Señor Cázares en la Diócesis de Zamora, sugiriendo que era la persona indicada  para  tratar de llenar aquel “hueco”, difícil de cubrir. Su recomendación fue atendida y Don José Othón fue nombrado Obispo de Zamora

JOSE OTHON NUÑEZ ZARATE

José Othón había nacido en Oaxaca el año de 1867 y, después de entrar al Seminario y cursar brillantemente la carrera eclesiástica, había sido ordenado Sacerdote en 1892, casi al mismo tiempo que la Encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII era entregada a la humanidad, (el 15 de mayo de 1891), Encíclica que pasó a ser la Carta Magna del Trabajador.  El Padre Don José Othón  nutrió su ideal sacerdotal y su apostolado en ese documento que iba a ser la brújula y el programa de su vida, tanto en Oaxaca como en su nuevo cargo de Obispo de Zamora.
En Oaxaca, una vez ordenado, se dedicó casi por completo a hacer una realidad, a poner en práctica la doctrina y las directrices de la Rerum Novarum, convirtiéndose pronto en un verdadero apóstol del obrero y del pobre, tanto en la ciudad arzobispal como en el resto de la Arquidiócesis y siempre bajo la mirada vigilante y los sabios consejos de Monseñor Gillow. Pronto al Padre José Othón se le conoció como un “amante de la prensa, de la enseñanza y de las ciencias y como un hombre consagrado totalmente a la clase obrera”. Su conexión con el Padre Troncoso, Superior de los Padres Josefinos, de la ciudad de México y fundador de los Círculos Obreros, le abrieron los caminos para la realización de sus proyectos y para la ampliación de sus horizontes.
Pronto el Padre José Othón, Maestro del Seminario, fue ascendiendo puestos: Canónigo Arcediano de la Catedral de Oaxaca  y luego Vicario General, convirtiéndose así en un gran colaborador de su Obispo Monseñor Gillow.
Cuando recibió su nombramiento como Obispo de Zamora, sin duda, también (como muchas otras personas en Oaxaca y en Zamora) tuvo miedo de que aquel nombramiento y, más, como sucesor del Señor Cázares, le quedara grande... Pero confiando en Dios y en sí mismo aceptó el reto para continuar con la obra de aquel ilustre varón.
 
          SU OBRA MATERIAL

         El Señor Núñez llegó a Zamora el 25 de julio de 1910, donde fue recibido con las reticencias y recelos naturales de algunos eclesiásticos, pero con gozo inmenso y con respeto extraordinario por parte  del pueblo cristiano.
Inmediatamente se puso a trabajar para continuar la obra del Señor Cázares y para realizar su propia obra apostólica, centrada principalmente, como ya se decía, en la aplicación plena de la Encíclica Rerum Novarum; de ahí que se haya ganado el título, para los amigos, de Obispo de los Obreros y, para los enemigos, de Obispo Comunista, pues desde un principio, en sus primeras Pastorales, intervenciones en el púlpito y reuniones con sus Sacerdotes, se vieron claras sus intenciones de promover el cooperativismo, el sindicalismo y de defender a toda costa los derechos de los trabajadores, su salario justo, sus debidas prestaciones y sus derechos y libertades políticas. Y en la Diócesis había muchos intereses creados...
Haciendo un pequeño recuento de las principales obras materiales realizadas durante su Gobierno de la Diócesis de Zamora, podemos señalar las siguientes:
- Terminó el Palacio Episcopal, iniciado por el Señor Fernández, y lo hizo no de cualquier manera, sino cuidando de todos los detalles, no sólo en cuanto a la construcción (que ya estaba terminada en gran parte), sino en cuanto a los detalles de ornato (vitrales, cuadros, cortinajes, alfombras, etc.), de mobiliario e iluminación, de tal manera que aquel edificio quedó como un verdadero Palacio. Cuando el Señor Núñez lo hubo terminado se fue a vivir a él.
- Construyo el Teatro Obrero y el Centro Recreativo y Cultural de Zamora. Entre los derechos de los trabajadores y obreros estaban los de recreación, educación y cultura y para promoverlos el Señor Núñez construyó ese verdadero Complejo Recreativo para uso exclusivo de los obreros. Para ello, se contaba con el terreno (los lotes aledaños a la Catedral Nueva que pertenecían la Iglesia Zamorana y que se sembraban o se prestaban para otros menesteres), con su gran voluntad y el apoyo de su Clero y de gran parte de la sociedad zamorana. Pero sobre todo escuchaba el reclamo de justicia y la necesidad de los obreros, junto con  la promesa de estos de colaborar con “faenas” en la construcción de su futuro Centro Recreativo y su Teatro.
Y el 2 de febrero de 1910,  con él el recuerdo de aquel otro 2 de febrero de 1898 en el que el Señor Cázares bendijera la primera piedra de aquel Coloso que se elevaba ya majestuoso junto a aquel lugar, el Señor Obispo Núñez bendecía la primera de ese otro proyecto del Conjunto Obrero. Y no fue un mero proyecto: ya para el 16 de enero de 1911, junto a grandiosidad de la Nueva Catedral, se podía apreciar y se utilizaba ya lo que iba construido del Conjunto Obrero y que era  “un local que consta de dos patios, 17 piezas y dos salones. Dos salas para lectura, mesas para juegos, ajedrez, dominó, damas, etc. un patio para juegos de gimnasia y próximamente habrá servicio de los Baños y el Boliche..”
Se debe puntualizar que la mayor parte de los gastos de este Conjunto salió de los derechos episcopales del Señor Núñez, pues "hasta 30 de septiembre de 1914 se habían gastado ya en aquella construcción $ 86, 145. 30 y el Señor Obispo Núñez había aportado     $ 58,876.03”  
     -  La Catedral Nueva siguió construyéndose, pues casi todo el material necesario estaba ya listo y disponible. En cuanto a la Catedral Vieja, el Señor Núñez también procuró hacerle algunas mejoras y dotarla de objetos y elementos necesarios para una más digna celebración de los Ritos litúrgicos.

SU OBRA PASTORAL

- Reformó, para una mejor y más moderna formación de los futuros Sacerdotes, los planes de estudio del Seminario con la ayuda del  Padre Don  Rafael Galván, maestro del Seminario y gran luchador, como cristiano y como Sacerdote, contra las injusticias sociales y a favor de los derechos de los desposeídos, sobre todo los campesinos.
- Comenzó a mandar al Pío Latino alumnos del Seminario (como a Salvador Martínez Silva, futuro Obispo Auxiliar de Zamora, y a Luis Nuñez Valladares), para que pudieran trasmitir luego a los alumnos un mejor conocimiento de las ciencias eclesiásticas y un mejor nivel académico y humanístico.
- Sus relaciones con las Congregaciones Religiosas fueron aprovechadas para promover la educación en la Diócesis, admitiendo en la Diócesis a los Hermanos Maristas, tanto en Jacona como en Uruapan y apoyando el Noviciado de los Padres Jesuitas en el Llano, al mismo tiempo que  aprovechaba su influencia apostólica en la región. Ayudó y apoyó a la Congregación de las Hermanas de los Pobres, fundadas por el Señor Cázares, sobre todo para su expansión dentro y fuera de la Diócesis, poniéndolas en contacto con maestras oaxaqueñas que él había tratado y organizado en su antigua Arquidiócesis. Se preocupó también por las demás comunidades de Religiosas establecidas en la Diócesis.
 - Sabiendo que la clave del progreso, en todos los órdenes, es la educación, fundó el Colegio San Luis, reorganizó la Escuela de Artes y Oficios, fundó la Escuela  de Comercio, y una Normal Católica. Todas estas Instituciones fueron verdaderas fuentes de educación y de promoción humana, trayendo innumerables beneficios a la ciudad y a tantas personas que en ellas se formaron y adquirieron una fuente de trabajo y un medio de vida y subsistencia.
- Pero fue la fundación en toda la Diócesis de los Círculos de Obreros  el principal factor para que la labor social en la Diócesis alcanzara el auge que alcanzó. Al fundarlos, el Señor Núñez no iba a experimentar nada. Ya, desde que estuvo en su natal Oaxaca, conocía esos Círculos, los había promovido y había tenido experiencias en su manejo y organización; de ahí que al establecerlos en su nueva Diócesis, lo hiciera con la seguridad de su efectividad.
 El fin principal de estos Círculos era  que los obreros, los trabajadores, los campesinos, unidos entre sí, superándose en todos los órdenes y ayudándose entre todos, pudieran defender sus derechos y lograr mayor bienestar para sí y para sus familias.
Y esto lo lograban a base de:
“a)   Conferencias:
En el nuevo local del Circulo, los domingos en la noche, se dictaron Conferencias sobre temas importantes: la embriaguez, la dignificación del trabajo, el respeto a la mujer, la educación de los hijos, la exactitud en el cumplimiento del deber, las ventajas y la utilidad del ahorro, el progreso en las artes y oficios.
        b) Ayuda a Socios enfermos auxiliados por el Círculo:  del 1º. de enero al 31 de diciembre: 208 enfermos. Suma empleada: $ 1,492.25. Visitas médicas 381. Socios muertos: 6. Ayuda económica a sus familias: $ 28.00.
   c)  Las Cajas de Ahorro que rápidamente se han extendido en por toda  la Diócesis, juntamente con los Círculos Católicos de Obreros: Sahuayo fundado el 13 de febrero y con  900 socios; Uruapan, los primeros de marzo  con 615 socios,  Taretan, el 10 de abril con 397. Ziracuaretiro, en marzo con 254, Santiago Tangamandapio el 3 de enero con 450, Cojumatlán en noviembre con 228, Tancítaro el 4 de abril con 165 socios, Tarecuato el 1 de agosto con 56 socios, Acahuato el 4 de abril con 125 socios, Tingüindín el 6 de octubre con 538 socios,  Cherán en  noviembre (no hay informe del número de socios), Charapan el 6 de noviembre con 58,  San Juan Parangaricutiro en noviembre con 60, Nahuatzen el mismo mes con 54 socios, Coalcomán en noviembre con 79, Los Reyes en diciembre 3 con 250, Chilchota el 12 de diciembre con 225, Pamatácuaro el 8 de diciembre con 160,  Carapan el 12 de enero con 150 socios,  Penjamillo en la misma fecha pero sin informe, Ecuandureo en la misma fecha, sin informe, Tlazazalca el 1 de enero de 1911 con 50 socios, Zináparo en la misma fecha y con 119 socios,  Cotija ese mes con 900 socios.
       d)  Todos con Caja de Auxilios Mutuos”
- Fundó la Liga para Proveer Trabajo a los necesitados, promovió y ayudó a fundar Bibliotecas y Salas de lectura en varios pueblos de la Diócesis, fundó la Acción Católica Social, las Damas Católicas y el Secretariado Social, etc. etc.
        - Pero, sin duda alguna, la obra que trascendió las fronteras de la Diócesis y de México fue la celebración de la Segunda Gran Dieta de Obreros, celebrada en Zamora durante el Gobierno del Señor Núñez del 19 al 22 de enero de 1813. Fue realmente un evento que sirvió de base, ejemplo y fundamento  para muchos movimientos sociales posteriores y cuya importancia se manifiesta en que, casi a cien años de distancia, en algunas Universidades de Europa se cita a esa Dieta de Zamora como una aportación importante a la solución de los problemas sociales universales.
          En esa Dieta, antes que la misma Constitución Mexicana del año de 1917, se plantearon  los diversos problemas e injusticias sociales, se dieron soluciones concretas y factibles y se exigió el respeto real a los derechos del trabajador mexicano. Desgraciada y dolorosamente son pocos los que en la actualidad conocen la importancia y la trascendencia de esa Gran Dieta de Zamora...
         
*                                 *                                *

Desgraciadamente sobrevino el año de 1914 la Revolución carrancista y con ella el destierro del Obispo Núñez y muchos de sus Sacerdotes, la incautación de todas aquellas obras materiales y la supresión de todas las instituciones que operaban a favor de los pobres. El Señor Obispo Núñez tuvo de salir de su Diócesis a la que, desde Oaxaca o México, trató de seguir gobernando a basa de una cotidiana correspondencia con algunos de sus colaboradores que pudieron permanecer en ella.
En 1922, el Señor José Othón Núñez fue trasladado a Oaxaca como Obispo Coadjutor y luego sucesor de su anciano maestro y protector el Arzobispo Gillow. Todavía gobernó Oaxaca hasta el 5 de marzo de 1941, día en que muere en la misma ciudad que lo vio nacer. El Señor Núñez se fue queriendo a Zamora y no se olvidó de ella, pues siguió conservando las amistades que en ella cultivó y varias veces regresó a ella, de visita, en tiempos del Señor Fulcheri.

BREVE JUICIO SOBRE EL SEÑOR NUÑEZ Y SU OBRA

Para juzgar la persona y la obra del Señor José Othón Núñez Zárate, tercer Obispo de Zamora, se deben tener en cuenta varios factores que pueden ayudar a emitir un juicio justo, ecuánime y no visceral y apasionado, como el emitido por algunos de sus contemporáneos.
Algunos no lo aceptaron del todo por ser “un indio zapoteca”... En primer lugar, él no tenía la culpa de serlo;  en segundo lugar, jamás  la raza o el color son elementos determinantes para el mayor o menor valor de una persona. Esa actitud es sólo propia de los espíritus racistas y discriminatorios.
Se le criticaba porque era amigo del esplendor y de los banquetes y porque no era como el Señor Cázares... Sin negarlo, podemos añadir que también era amigo del pobre y de las comidas caseras, como lo atestigua la práctica de las Visitas Pastorales a todo tipo de pueblos y la convivencia con la gente humilde. Además cada Pastor tiene su estilo propio de pastorear a sus ovejas.
Se llegó a afirmar que muchas de sus obras eran sólo papeleo... No crea que los edificios y construcciones que dejó las haya construido con papel, porque ahí están, de piedra y cantera macizas... Además están todos los documentos de los informes de cada una de esas obras, informes hechos no por él, sino por los responsables de cada una de ellas.
Finalmente debemos tener en cuenta que, durante su Gobierno, no gozó de ninguna “paz porfiriana”, sino que vivió entre los Inés Chávez, villistas, carrancistas, etc. etc. y que realmente el tiempo en que pudo trabajar realmente fue de 1910 a 1914 y de 1919, año en que regresa a la Diócesis, a 1922, año en que es trasladado a Oaxaca.
Eso sí, nadie puede negar su mal carácter en varias ocasiones y decisiones equivocadas de vez en cuando. Pero el tercer Obispo de Zamora era humano y tenía derecho a tener algún defecto y a errar algunas veces.

 

 

MANUEL FULCHERI PIETRASANTA


Cuarto Obispo de Zamora (1922-1946)

 

UNA HISTORIA MUY ESPECIAL

Don Pietro Pietrasanta, italiano piamontés, soldado de Napoleón en su desastrosa campaña de Rusia, llegó a México, después de aquella dolorosa derrota, a recoger una herencia de un tío, herencia que no encontró; pero sí, en cambio, encontró a Doña María Ignacia de Pesa, originaria del mineral de Guanajuato, con quien se casó y procreó a Doña María de Jesús que, a su vez, se casó con el también piamontés Don Lorenzo Fulcheri, de quienes nació, en San Angel, D. F. un 16 de marzo de 1874, Manuel, futuro cuarto Obispo de Zamora.
La educación de aquel niño (además de la escolar), en la natación, la equitación y la esgrima y su porte de aristócrata y noble, pero sin orgullo alguno, fueron formando en él una imagen, una figura propias, que jamás se desdibujaron con el paso del tiempo y de las circunstancias.
Después de estudiar Manuel en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Academia de Artes, donde pretendía estudiar Arquitectura, se decidió mejor a ser arquitecto y constructor en el orden espiritual e ingresó al Seminario de México y después, en 1896, se fue a Roma donde obtuvo los Doctorados en Teología Dogmática y Derecho Canónico. Ahí mismo fue ordenado Sacerdote el 17 de diciembre de 1898 por el Cardenal Parochi y  regresó a México en 1901.
Al llegar a su Patria,  fue nombrado Director Espiritual del Colegio Jesús María y luego, maestro, Vicerrector (1902) y Rector(1907) del Seminario Conciliar, Canónigo Honorario de la Basílica de Guadalupe y Prebendado y Canónigo de la Catedral Metropolitana, donde estuvo hasta el 6 de mayo de 1912, en que fue nombrado Obispo de Cuernavaca, para suplir al Obispo zamorano Plancarte y Navarrete, siendo consagrado en la Basílica de Guadalupe el 8 de septiembre de ese año, por el Arzobispo Mora y del Río, nacido en Pajacuarán.
El 21 de abril de 1922 fue designado Obispo de Zamora y el 25 de junio de ese mismo año llegaba a la estación del ferrocarril, donde fue recibido por más de diez mil personas que, de la ciudad y de muchas partes de la Diócesis, habían venido a darle la bienvenida a su nuevo Pastor.

PERSONALIDAD Y VIRTUDES

No por simple inercia o mera costumbre, se puede o se debe hablar de las muchas y grandes virtudes de este cuarto Obispo de Zamora y de su recia y grande personalidad. Documentos y testimonios, orales y escritos, sin cuento eliminan y hacen  a un lado el peligro de esa inercia y de esa costumbre y nos dan una objetiva y clara visión de este preclaro varón.
El Padre Gabriel Méndez Plancarte, que mucho lo conoció y trato, de una bien lograda y corta pincelada, nos hace un magnífico retrato del Señor Fulcheri: “Buen Pastor con ojos de luz, que comprende y alumbra los senderos de las ovejas; manos de paz que, al tocar las heridas, no las enconan sino que las sanan; corazón de miel y oro... la miel áurea que fluía de su palabra serena y el oro, rubio y macizo, de su elocuencia sagrada”
Verdadero Príncipe de la Iglesia, por su porte, sin arrogancia, entre los grandes y entre los humildes, en la iglesia, en la calle, en las reuniones de todo tipo;  por su dignidad y comportamiento en todas las circunstancias de su vida, aun en las más duras y apremiantes por las que tuvo que pasar. Desde la escuela lo apodaban “el correcto”.
Pastor, no de nombre o de título, sino en la íntegra realidad de su Sacerdocio y de su Episcopado: amó a Cristo y amó a las almas que se le encomendaron, no con palabras vanas y huecas, sino con hechos. Por eso,  de su amor a Dios, nacieron su intensa piedad, su limpieza de costumbres,  su serenidad, su prudencia,  su humildad, su optimismo, su alegría, su amor a la verdad y la armonía de su vida;  de su amor a los demás nacieron su caridad, sobre todo hacia los más pobres y necesitados, su bondad, su franqueza respetuosa, su repulsa a la intriga y a la mentira, su respeto a todo mundo (hasta el extremo de jamás hablar mal de nadie ni de permitir que otros lo hicieran delante de él), su innegable y fina cortesía y su buen gobierno.
Hombre de paz, de una paz no sólo en su escudo, sino de una paz que llevaba en el alma y que irremediablemente trasmitía a quienes lo rodeaban; una paz que no era de ninguna manera el fruto del estoicismo, sino el de su profundo cristianismo y el compendio de las demás virtudes que anidaban en él. Su vocación por la paz, su apuesta por ella se ven reflejadas a través de todas sus actuaciones, tanto como gobernante de una Diócesis como negociador en los diversos y serios conflictos político-religiosos en los que tuvo que intervenir.
La serenidad y el dominio de sí mismo fueron los principales frutos de la paz que lo inundaba.
Baste recordar, entre otras cosas, lo sucedido al otro Padre Méndez Plancarte, Alfonso: siendo seminarista aún, le tocó ser el “familiar” (así se le llamaba al seminarista que acompañaba al Señor Obispo durante el día para ayudarlo y atender a diversos menesteres) del Señor Fulcheri. A la hora de la comida, en la que había otros comensales, Alfonso derramó por accidente casi toda la fuente de sopa sobre el Señor Fulcheri... quien se limitó solamente a levantar los brazos para que el camarero le limpiase la sotana y regalarle a su “familiar” una discreta sonrisa, continuando su plática con sus acompañantes, como si nada hubiese sucedido.
O bien, aquella ocasión en que, yendo a Nueva York para embarcarse a Europa, en San Luis Missouri se descarriló el tren y el Señor Fulcheri, después de salir, serena y dignamente, por una de las ventanillas del vagón volcado y sin preocuparse de sus golpes y pequeñas heridas, atendió y ayudó a los demás heridos del descarrilamiento.
Finalmente, cuando fue arrojado literalmente de su casa por los esbirros del Gobierno en Cuernavaca o fue insultado, en Zamora, por un grupo de “socialistas”, el Señor Fulcheri ni se inmutó, ni reclamó, ni respondió...

SU ACTUACION

El Seminario

Sin duda alguna, como él lo afirmaba, el Seminario fue para el Señor Fulcheri “la pupila de sus ojos”. Desde su llegada a Zamora, se preocupó por reorganizar esa Institución, escogiendo para su Dirección y docencia a Sacerdotes capaces y aptos para ello y enviando al Colegio Píolatino de Roma a varios Seminaristas para que viniesen luego a trasmitir sus conocimientos a los seminaristas.
El Señor Fulcheri acompañó en espíritu al Seminario y sufrió con él en todas sus penalidades: su traslado forzoso a Mixcoac al venirse la persecución callista; su reorganización, de nuevo en Zamora, en Aquiles Serán, la reapertura de los Auxiliares de Cojumatlán, Cotija, Yurécuaro y Purépero; su supresión en 1935, cuando la incautación de edificios dedicados a las escuelas y seminarios al tener que esconderse en sacristías y casas particulares. Pero el Señor Fulcheri no cejó: “...el Seminario no se acabará” y, para ello, lo consagró al Sagrado Corazón de Jesús.
El Señor Fulcheri, como buen Pastor, conocía a sus seminaristas, a veces hasta a los más pequeños y se interesaba por cada uno de ellos.
El día del Seminario en la Diócesis de Zamora fue establecido precisamente por el Señor Fulcheri.

Los Sacerdotes

Si tenía especial predilección por el Seminario, con mucha mayor razón la tuvo para con sus Sacerdotes.
Como ya decíamos, se preocupó porque su formación fuera la mejor, a pesar de tantos obstáculos y para ello mandó a estudiar a  Roma y al recién abierto Seminario de Montezuma a jóvenes que con el tiempo vendrían a ser elementos clave en la Diócesis y en el Seminario: a Roma, a Luis Rentería, Ramiro Vargas Cacho, Luis Méndez Codina, Luis Caballero, Luis Mena, etc.; a Montezuma, a  Francisco Valencia, Rogelio Sánchez, Alfonso Sahagún.
Con muy raras excepciones, el Señor Fulcheri era querido y estimado por su Clero. Una muestra de ello, por ejemplo, fue la gran colaboración y el gran cariño que mostraron todos los Sacerdotes de la Diócesis para celebrarle sus Bodas de Plata Episcopales el 8 de septiembre de 1937 y el gran entusiasmo con que aportaron pequeñas o medianas cantidades de dinero para regalarle un coche.
 Todos encontraron siempre en el Señor Fulcheri al Padre, al Amigo, al Superior comprensivo (aunque no siempre condescendiente) y acudían a él con confianza y en un plano pleno de respeto y obediencia.
En 1942, con todos sus Sacerdotes, organizó el primer Sínodo Diocesano tan necesario y tan benéfico para la Diócesis

La Acción Católica

Lugar especial ocupó en el corazón y en la actividad del Señor Fulcheri la Acción Católica que Pío XI presentó al mundo como fórmula salvadora, como un movimiento seglar organizado, para “restaurarlo todo en Cristo” y para establecer “la paz de Cristo en el Reino de Cristo”. Desde el principio de su gobierno y siguiendo estas consignas del Papa,  el Señor Fulcheri  trabajó en Zamora por la  fundación y organización de esta obra que tanto fruto daría a la Iglesia Mexicana y que, desgraciadamente, en vez de actualizara y adaptarla a los tiempos modernos (cosa ciertamente indispensable y  necesaria) fue olvidada y, prácticamente,  rechazada con el pretexto de otros nuevos organismos y formas de apostolado...
El Señor Fulcheri es considerado el Cofundador de la Acción Católica en México y fue quien hizo el primer Esbozo de sus Estatutos, terminándolos luego, durante la persecución religiosa en la ciudad de México en compañía del Señor Darío Miranda, futuro Primado y Cardenal de México.
En la Diócesis de Zamora, casi todos los grupos parroquiales de la Acción Católica nacieron al impulso y a la iniciativa del Señor Fulcheri y su última Pastoral fue, precisamente, sobre la Acción Católica

 Religiosos y Religiosas

El Señor Fulcheri siempre valoró en su justa medida el papel que los Religiosos y las Religiosas tenían en la Diócesis, de ahí que, durante su gobierno los promovió y ayudó en lo que estuvo a su alcance:
A las Madres Guadalupanas, a cuyo fundador, el Padre José Antonio Plancarte, reconocía como el que lo había enviado a estudiar a Roma y a quienes, por lo mismo, llamó hermanas, las conoció y trató ya establecidas en la ciudad de México y las promovió y ayudó.
Para las Hermanas de los Pobres consiguió la aprobación Pontificia y definitiva en 1941, celebró con ellas sus Bodas de Plata de fundación y contó con ellas de una manera importante en la educación y evangelización de los pueblos de la Diócesis, sobre todo de la Meseta purépecha.
En su Gobierno se establecieron los Padres Salesianos en Zamora. Apoyó al Padre José Ochoa con sus Tarcisios y sus Cecilias y aprobó diocesanamente la fundación de los Misioneros de la Sagrada Familia y a las Operarias Parroquiales del mismo Padre Ochoa.

Otras obras

El 27 de julio de 1922 fundó la Asociación de Padres de familia en Zamora, Asociación que luego se extendió a toda la República.  Organizó la Confederación del Trabajo en la Diócesis y contribuyó a que se organizara en todo México.
Puso especial cuidado por la organización de los Catecismos a nivel diocesano y parroquial. Amante de la Virgen de la Esperanza, tenía en mente declarla Patrona de la Diócesis. Formó la Comisión de Arte Sagrado que intervino directamente en la Iglesia del Carmen de Zamora y el Santuario de Apo.
Fue El Señor Fulcheri Vicepresidente del Comité Episcopal, Promotor entusiasta de la fundación del Semianrio de Montezuma y actor importante en la cosntrucción del Monumento a Cristo Rey en el cero del Cubilete.
Dieciocho años después de haber llegado a Zamora y agobiado por el trabajo que iba en aumento en toda la Diócesis (a pesar de que se había desmembrado de ella la nueva Diócesis de Tacámbaro), pidió al Señor Salvador Martínez Silva como Obispo Auxiliar en 1940.

DOS REVOLUCIONES Y UN MOVIMIENTO

El Temple y la valía de los hombres se prueba en las dificultades. Y al Señor Fulcheri, además de todos los problemas inherentes a ministerio episcopal, le tocaron vivir circunstancias realmente delicadas y serias.
Estando como Obispo en Cuernavaca, lo sorprendió la Revolución zapatista y, perseguido y amenazado, se vio obligado a abandonar su Diócesis (sin abandonar a sus fieles), a la que regresó en 1919 para restaurar su administración y gobierno.
Ya en Zamora, fue testigo de la guerra cristera, de la que fue actor y víctima ya que tuvo que intervenir directamente en ella, a nível nacional y diocesano, como pacificador y conciliador de diferencias y de conciencias.
Más tarde, durante el Gobierno del General Cárdenas, tuvo que sufrir y aceptar el regristro de sus  Sacerdotes y soportar el odio y el fanatismo de varios integrantes del Agrarismo y que creaban en muchas de las Parroquias de la Diócesis serios conflictos en el orden civil, religioso y de conciencia.
Algunos en ese tiempo lo acusaron de ser dócil al Gobierno y haberle faltado energía para oponerse a él. Pero creo que esa acusación provino de la falta de conocimiento de los esfuerzos hechos por el Señor Fulcheri, en el terreno diplomático y epistolar, para evitar los odios, rencores y derramamiento de sangre. Desde luego, se debe señalar que el Señor Fulcheri fue uno de los pocos Obispos que no se fue al extranjero. Desde la ciudad de México, estuvo siempre al pendiente de su grey por medio de cartas y emisarios (ya que su presencia en la Diócesis estaba prohibida)y, tan pronto como le fue posible, regresó con sus fieles.
Más que de cobardía, de timidez o de debilidad, su actitud fue de diplomacia y de pacificación.

SU MUERTE, UN REFLEJO DE SU VIDA

El 30 de junio de 1946, a las 3:30 de la madrugada, en San Angel, D.F. moría Manuel Fulcheri y Pietrasanta, cuarto Obispo de Zamora, después de una enfermedad dolorosa. Aquella muerte fue el reflejo de su vida, fue el Manuel Fulcheri de siempre:
Durante su gravedad, hacía que le leyeran los  hermosos himnos Eucarísticos del Corpus, que le rezaran el Rosario o que le leyeran algunas páginas del Quijote. La paz, la dignidad, la bonohomía y aun la broma estuvieron en su partida de este mundo: pedía, bromeando, de comer en inglés, preguntaba la hora en alemán y decía estar contento en su Seminario, refiriéndose al grupo de Sacerdotes que lo acompañaban.
“Estoy tranquilo y sereno, sólo esperando la llegada del Señor”, respondía a quienes le preguntaban como se sentía. Y el Señor llegó y se lo llevó... En sus yertas manos, el crucifijo y el rosario; en su quieto pecho, un escapulario de la Virgen del Carmen.
 El recibimiento de sus restos en la Diócesis fue apoteótico, como había sido su llegada en 1922. Todos los pueblos de la Cañada y de otras partes de su amada Sierra salieron a la carretera y la comitiva de coches, desde Carapan hasta Zamora, fue larga y lenta, enmarcada durante todo el trayecto en el dolor y las lágrimas de los fieles que lloraban a su Pastor.
Los restos del Señor Fulcheri fueron sepultados en el Panteón de Zamora, acompañados por casi toda la ciudad. Pero el 6 de agosto de 1946, varios Sacerdotes, el Lic. Zetina, Don Pedro Rocha y los Doctores Hernández y Gutiérrez Mejía, gestionaron ante el General Avila Camacho (quien siempre habló muy bien del Señor Fulcheri) fueran trasladados a la Catedral, donde reposan en la Capilla del Perpetuo Socorro, bajo la torre del lado sur.

 

 

SALVADOR MARTINEZ SILVA


Obispo Auxiliar del Señor Fulcheri (1940-1946)


      
      Un Obispo zamorano más...
 
En Zamora, el 11 de noviembre de 1940 fue un día muy especial: se cumplía el IV Centenario de su Fundación, era la fiesta de San Martín de Tours, del Patrono de la ciudad, y la sociedad entera  se regocijaba porque un zamorano, el Canónigo Salvador Martínez Silva, era consagrado Obispo en la Catedral.
El recinto sagrado estaba lleno “a reventar”. Los fieles seguían con interés y devoción los ritos que en el Presbiterio de desarrollaban: el Señor Obispo de Zamora, Monseñor Fulcheri, auxiliado por su antecesor en el Gobierno de la Diócesis, el Señor Othón Núñez (entonces ya Arzobispo de Oaxaca y que había sido el que enviara a Roma a estudiar al Padre Salvador Martínez Silva) y por el Arzobispo de Guadalajara, Señor Garibi Rivera (que sería luego el primer Cardenal mexicano), presidía la solemne ceremonia. Estaban además el Obispo Coadjutor de Morelia y el de San Luis Potosí., 119 sacerdotes de la Diócesis y algunos otros, venidos de varias Diócesis y los 126 alumnos, chicos y grandes, que entonces formaban el  Seminario.
Con gran emoción, el Padre Don Ramón Martínez Silva, Sacerdote Jesuita, leyó el documento del nombramiento de su hermano Salvador como Obispo de Jasso y Auxiliar de Zamora  y dirigió un sentido sermón a los asistentes. La Schola Cantorum del Seminario se lució en su actuación y el actor principal de aquella ceremonia, Don Salvador Martínez Silva, lleno de emociones diversas y recordando a su madre ya muerta,  (a la que tanto había querido), se convertía en Príncipe de la Iglesia.
Después de la ceremonia religiosa, la sociedad zamorana le ofreció un banquete en el que el discurso principal estuvo a  cargo del Lic. Vargas del Río y fue amenizado por  la Banda de Música de San José de Gracia. Momento emocionante fue cuando el Señor Garibi le regaló la cruz pectoral que había pertenecido a su antecesor Señor Arzobispo Don Francisco Orozco y Jiménez, zamorano de pura cepa.
Por la noche tuvo verificativo una Velada literario-musical en honor del nuevo Obispo y (cosa curiosa) el cronista de aquella innolvidable jornada escribía, con relación al pesado cargo de Obispo (y proféticamente), estas palabras: “Estas gozosas realidades traen pronto consigo grandes y punzadoras espinas, duras y ensangrentadas cruces...”

Algunos datos de su vida y de su personalidad

Salvador Martínez Silva nació en Zamora el día 30 de marzo de 1889. Fueron sus padres
Don Ramón Martínez y Doña María Silva. Después de hacer sus estudios de primaria, ingresó al Seminario en donde se mostró siempre piadoso, trabajador y estudioso, destacando en las matemáticas. El 16 de febrero de 1910 recibía la primera tonsura y las órdenes menores de manos del recién llegado Señor Obispo Núñez en la capilla del Seminario. Ese mismo año fue enviado a estudiar Teología a Roma, donde se doctoró, habiendo recibido el subdiaconado el 11 de octubre de 1911, el diaconado  el 6 de abril de 1912 y el presbiterado el 30 de octubre de ese mismo año.
Una vez vuelto a Zamora, el 31 de julio de 1913, ocupa varios puestos, tanto durante el gobierno del Sr. Núñez, como del Señor Fulcheri: Profesor en el  Seminario (Filosofía, Física, Español, Literatura, etc.), Padre Espiritual del mismo, Juez Prosinodal (Examinaba a Sacerdotes en diversas materias), Secretario de la Junta Diocesana de Catecismo, Director Diocesano de la Unión Misional del Clero, Oficial y Secretario de la Mitra, Canónigo Magistral (encargado de los sermones en Catedral), Provicario y Vicario General de la Diócesis, etc.
Durante la persecución religiosa de Calles, en 1927, estuvo desterrado en  California , primero en Guasti, y luego en  San Gabriel y otras ciudades, ayudando en varias parroquias. Desde ahí mantenía comunicación constante con superiores y compañeros que permanecieron en la Diócesis, utilizando claves para evitarles complicaciones con el Gobierno. Por ejemplo, pide en sus cartas: ”Salúdeme al Gerente de la negociación” (Sr. Obispo), “... manifiéstale mi voluntad de servirle a él y a la negociación (a la Diócesis) cuando pueda regresar”, “Saludos a los demás socios (Sacerdotes)” y “... ojalá pueda mandarme algo de las utilidades (su sueldo), si ya se pudo repartir algo a los socios”.
En 1928, de regreso del destierro, establecido en Zamora y como Secretario “de facto” de la Curia, informaba casi a diario al Señor Fulcheri, desterrado en México, de la situación en general de la Diócesis y, en particular,  de los Sacerdotes.
Una vez que se estableció relativamente la calma y vuelto el Señor Fulcheri a la
Diócesis, el Señor Martínez Silva continuó en el desempeño de todas sus obligaciones y puestos que se le iban encomendando hasta que, el 13 de agosto de 1940, fue nombrado Obispo titular de Jasso y Auxiliar de Zamora, noticia que se dio en la Revista Eclesiástica  de una manera lacónica, el 22 de agosto en la que se decía que   “la Santa Sede, accediendo  al ruego del Sr. Fulcheri, nombraba Obispo Auxiliar al Ilmo. y Rvmo. Mons.Cango. Dr. Don Salvador Martínez Silva y que él lo nombraba Vicario General de la Diócesis”
El 17 de octubre salió el Obispo Auxiliar electo a México a practicar los Ejercicios Espirituales como preparación para recibir el Episcopado y, como señalábamos al principio, el 11 de noviembre de 1940 fue consagrada Obispo en la Catedral de Zamora.   
Monseñor Martínez Silva fue un hombre práctico y ducho en las finanzas, trabajador incansable, de constante iniciativa, buen orador y efectivo organizador. Pero, desgraciadamente y como todo humano, tenía actitudes que, a pesar de su capacidad y su entrega, le acarrearían con el tiempo graves problemas.

     Sus actividades antes de ser Obispo

El Señor Martínez Silva no sólo desempeñó con responsabilidad y eficiencia todos los cargos que, tanto el Señor Núñez como el Señor Fulcheri, le confiaron en el Seminario y en la Curia, sino que,  por propia iniciativa realizó otras muchas obras y actividades.
Contagiado por la Encíclica  Rerum Novarum y por el Obispo Núñez, se dio a la tarea de realizar obras en beneficio de la clase obrera y trabajadora:
Fundó juntamente con el insigne Padre José Plancarte Ygartúa el año de 1921, la Casa del Obrero en Zamora, para dar acogida y ayuda a los obreros que las necesitaran. La idea nació del deseo de continuar de alguna manera la obra del Conjunto Recreativo Obrero, obra increíble del Señor Núñez y que había sido incautada por el Gobierno y condenada, por simple fanatismo, a la ruina y a la desaparición, en lugar de haberla continuado en beneficio de la clase trabajadora.
Siguiendo las directrices de la misma Encíclica y, como apoyo (¿o contrapeso?) a la labor del Padre Rafael Galván en favor de los campesinos, el Padre Salvador Martínez Silva fundó el Primer Sindicato de Campesinos en la Rinconada, el 10 de abril de 1921. Para la Rerum Novarum el Sindicato debería ser una Asociación que diera al obrero de una misma profesión la seguridad de empleo, la suficiencia del sueldo, la verdadera libertad y una sólida educación moral e intelectual. Se pretendía que el obrero y el trabajador sindicalizados dejaran de ser explotados por los patrones y no vivieran  engañados, sirviendo sólo a los intereses muy particulares de los líderes que, más que buscar los intereses de los sindicalizados, les utilizaban simplemente para sus fines políticos, fraudes, coacciones y aun crímenes políticos.
Gusto especial sentía el Padre Salvador Martínez Silva en acceder a cuantas invitaciones se le hacían para dictar pláticas y conferencias a los trabajadores en el Teatro Obrero y en otras partes.

       La Devolución de la Catedral Nueva

Mención especial merece la participación directa y decidida del Señor Martínez Silva, antes de ser el Obispo Auxiliar de Zamora, en la Devolución que el Gobierno hizo de la Catedral Nueva a la Iglesia para su terminación y uso.
Se iniciaron las peticiones al Gobierno para esa devolución en diciembre de 1930. El Señor Fulcheri encargó de una manera especial al Canónigo Martínez Silva para que moviera amistades, abogados y demás  relaciones personales a intentar la devolución de aquel inmueble inconcluso y que día a día estaba siendo destruido.
Como era de esperarse, los problemas para conseguir aquella empresa fueron saliendo y complicándose: la intención de algunos políticos y su intervención para que la Catedral no se devolviese; el hecho de que varios de los lotes que conformaban el terreno  estaban a nombre del Señor Obispo Don Francisco González y de la necesidad de un juicio y de cartas poder; la propuesta de entregar el inmueble con un pequeño y ridículo espacio para atrio, etc. Todas aquellas circunstancias fueron haciendo que la devolución se retrasase
Pero la voluntad, la diplomacia, la "terquedad" y el empeño del Canónigo Martínez Silva se impusieron y “El día 25 de octubre de 1939 fue entregada la Catedral Nueva por el Lic. D. Ricardo Gudiño, Jefe de Hacienda, en acatamiento a órdenes de la Secretaría de Hacienda, al Sr. Canónigo D. Salvador Martínez Silva ...” Se nombró encargado de las obras de construcción al    Sr. Cura J. Jesús Rojas y, apoyados por colectas y donativos de Zamora y de las Parroquias de la Diócesis, se iniciaron los trabajos con entusiasmo y “en grande” Ejemplo de ello fueron los carros de tren, llenos de Plastocemento, que de la Compañía Atoyac llegaban a la estación de Zamora y la lista de los sueldos a los trabajadores empleados en la obra.
Pero el 4 de enero de 1940 empezaron de nuevo los problemas: el Sindicato de Obreros, Albañiles y similares  de Zamora demandaron ser ellos, los pertenecientes al Sindicato, los encargados de realizar aquella obra y no los obreros que lo hacían. El Señor Martínez Silva, tratando de conciliar los ánimos y seguir con la construcción, prometió ocupar en los trabajos a algunos miembros del Sindicato.
Pero aquello sólo había sido un pretexto. El 29 de noviembre de 1940 llegó la orden presidencial  para tomarla de nuevo el inmueble e impedir su construcción. Se formuló un Acto de Amparo contra el Presidente de la República, pero ya fue tarde... Todavía en 1942 y siendo ya Obispo Auxiliar el Señor Martínez  Silva se intentó negociar, ante el nuevo Presidente, Don Manuel Avila Camacho, conciliador y con buenas relaciones en Zamora por su estancia en ella. Pero fue inútil, “... por ser un Decreto Presidencial y por no ver prudente el derogarlo siendo tan reciente...”

Ya siendo Obispo, fue un verdadero Auxiliar

Fue ciertamente el Señor Martínez Silva un verdadero Auxiliar para el Señor Fulcheri, tanto porque este lo necesitaba (eran ya 18 años de trabajo en la Diócesis de Zamora y 10 más en Cuernavaca), como porque aquel se entregó de lleno a cumplir su papel como tal.
Las Misas Pontificales y las Confirmaciones, en la sede episcopal y en las diversas festividades de las Parroquias, eran continuas y largas y el Señor Martínez Silva suplía en muchas ocasiones al Señor Fulcheri en ellas. Lo mismo sucedía en algunas de las Ceremonias de Catedral, como la  Seña, en la que se requería bastante fuerza para sostener y ondear la enorme bandera negra, fuerza y energía que al Obispo Auxiliar le sobraban.
Las Visitas Pastorales no dejaban de ser agotadoras y numerosas y el Señor Martínez Silva ayudó mucho al Señor Fulcheri, realizando muchas de esas Visitas.
La redacción de muchas Circulares, edictos, etc. para la Diócesis y los Sacerdotes le fue encomendada, casi en su mayoría, al Señor Martínez Silva, quien tenía facilidad para ello.        
Realmente fueron pocos los años que el Señor Martínez Silva auxilió al Señor Fulcheri, pero ciertamente fue mucho, sobre todo porque ya en esos últimos años este acusaba el cansancio y empezaba a resentir las enfermedades.


El "Cabildazo"

A la muerte del Señor Fulcheri, el Cabildo zamorano se reunió, el 4 de julio de 1946, para elegir un Vicario Capitular, como lo ordenaba el canon 432, y pudiera gobernar la Diócesis, mientras se nombraba un nuevo Obispo. El pueblo, los Sacerdotes, el Seminario, casi todos tenían la seguridad de que el Vicario Capitular nombrado sería el Señor Martínez Silva, preparándole así el camino para que fuera el sucesor del Señor Fulcheri en el Gobierno de la Diócesis de Zamora.
A aquella Sesión, presidida por el mismo Señor Martínez, como Deán del Cabildo, asistieron los Canónigos  Francisco  Luna, Ramiro Vargas Cacho,  Luis G. Gómez, Celestino Fernández, Bernabé Vargas Maciel, Pascual Orozco, Conrado García, Antonio Guízar Carranza y, el Secretario, Enrique Amezcua. El voto, para la elección, era secreto y al contabilizarse, resultaron 5 a favor Fernández, uno nulo y 4 para el Señor Martínez Silva y, aunque aquella elección al principio fue impugnada, sin embargo, finalmente fue aceptada. A ese capítulo de la historia de la Diócesis de Zamora se le conoció a nivel nacional como el “Cabildazo”.
Desde luego se debe afirmar que los Canónigos zamoranos no tuvieron la intención de obrar mal en aquella elección. Al contrario: nadie podía dudar de la rectitud y la  prudencia, por ejemplo del Señor Luna (dechado de honestidad y justicia) o del Señor Fernández (futuro Obispo de Huajuapan y en las mismas condiciones). Si votaron en aquel sentido fue simple y sencillamente porque así se los dictó su conciencia, pues creyeron que no era conveniente elegir al Señor Martínez Silva como Vicario Capitular porque con ello casi se confirmaba su nombramiento como Obispo de Zamora y preveían un sin número de dificultades y problemas, pues la aceptación del Señor Martínez Silva entre los Sacerdotes no era muy buena...

Según la opinión de muchos de ellos, que lo trataron, como amigo y como Superior, era un tanto duro en sus órdenes y en sus reconvenciones y, a veces gastaba bromas molestas a sus inferiores y, finalmente, se comentaba que, en ocasiones, no era “parejo” con todos, sino que tenía ciertas preferencias. Estas razones fueron las que movieron a la mayoría de los Canónigos zamoranos (a pesar de que presentían iban a ser criticados duramente por ello) a no votar por el Señor  Martínez.

Triste y gris final de un brillante hombre

Todavía permaneció algún tiempo el Señor Martínez en Zamora, cumpliendo religiosamente con sus obligaciones y asistiendo a las reuniones del Cabildo, con humildad y sin resentimientos, hasta que en 1947 fue nombrado Obispo Auxiliar del Señor Luis Altamirano y Bulnes, Arzobispo de Morelia. Desgraciadamente allá tampoco fue del todo aceptado por el Clero. El vacío, cierto aislamiento y la enfermedad fueron las cruces que sufrió y llevó con cristiana resignación el Señor Martínez Silva, ya en Morelia, hasta su muerte acaecida el 20 de febrero de 1969.

 

 

JOSE GABRIEL ANAYA  DIEZ DE BONILLA


Quinto Obispo de Zamora (1947-1967)

 

EL FINAL DE UNA ORFANDAD

Eran ya 9 meses los que la Diócesis de Zamora había estado sin Obispo, por lo que el 7 de marzo de 1947 se dio a conocer el término de aquella situación: la Santa Sede había nombrado al quinto Obispo de Zamora e inmediatamente se organizó su recepción y bienvenida para fines del mes de mayo. La Diócesis y, sobre todo, la ciudad de Zamora vivieron entonces tres días muy intensos.
El 23 de mayo, una camioneta de “La Libertad” anduvo por todas las calles anunciando el programa de aquella recepción e invitando a todo mundo a participar en ella. El día 24, gran número de calles zamoranas amanecieron adornadas el comercio cerrado; se inició el desfile de vehículos hacia Chupícuaro (donde sería recibido el nuevo Pastor), e innumerables grupos de personas se acomodaron, desde las primeras horas de la tarde, a la orilla y largo de la carretera de Zamora a Chaparaco, y algo más lejos.
Después de las 3 de la tarde de aquel día, apareció ante el Comité de Recepción en Chupícuaro, la figura menuda, serena y risueña de José Gabriel Anaya Díez de Bonilla; después de los saludos, a las 4 de la tarde, partió la comitiva hacia Zamora: más de 200 automóviles precedían al que llevaba al Señor Anaya que, en cada pueblo por el que pasaba, era saludado con júbilo y cariño, con ¡vivas!, aplausos,  cohetes y repique de campanas, hasta llegar a la ciudad las 6 de la tarde, hora en que también el cielo participó en el festejo con alegría, derramando un mayúsculo chubasco. Al llegar a Catedral, el Señor Anaya tomó posesión de la Diócesis, después de la lectura de las Bulas, y se cantó un Te Deum en acción de gracias.
El día 25, a las 8:30 de la mañana, el Señor Obispo de San Luis Potosí, Don Gerardo, hermano del Señor Anaya, juntamente con el Arzobispo de Monterrey, Mons. Trischler, y el Obispo de Tacámbaro, Don Abraham Martínez, consagraban al nuevo Obispo. Estuvieron también presentes los Arzobispos de Morelia (quien predicó) y de Durango, el Obispos de Colima, el Auxiliar de Saltillo y el ex Auxiliar del Sr. Fulcheri, el Señor Martínez Silva, así como todo el Cabildo, gran número de Sacerdotes y Religiosos, el Seminario entero y una representación de cada una de las clases sociales, juntamente con una multitud de personas que abarrotaron la Catedral, su atrio y buena parte de la Plaza.
Zamora de nuevo tenía Obispo.
                                                                 Muere 
¿QUIÉN ERA EL NUEVO OBISPO?

José Gabriel nació en la Hacienda de Tepexpan, en el Estado de México, el 16 de  marzo de 1895, siendo sus padres Don Eduardo Anaya y Doña Concepción Díez de Bonilla, tocándole a José ser el décimo de sus 12 hijos. Estudió la Primaria en México, en la escuela anexa  al Seminario Conciliar y en los Colegios de San Joaquín e Infantes, así como un año de Comercio con los Padres Josefinos.
En 1910 ingresó  al Seminario Conciliar de México, siendo Rector del mismo el Sr. Fulcheri,  futuro Obispo de Cuernavaca y de Zamora. El 27 de septiembre de 1912 partió José a Roma, al Pío Latino, enviado por el Sr. Mora y del Río (Arzobispo de México, nacido en Pajacuarán), y allá fue ordenado el 3 de abril de 1920, regresando a México, ya Doctor en Filosofía, en Teología y Derecho Canónico, el año de 1923.
De noviembre de 1923 hasta fines de 1928 fue profesor de Latín en el Seminario de México; en 1929 enseñó Teología y desde 1931, Liturgia. En enero de 1930 fue nombrado Secretario de la Delegación Apostólica, siendo su titular el Sr. Leopoldo Ruiz y Flores y siguió luego, en el mismo cargo, con el michoacano Monseñor Luis Ma.  Martínez. En ese tiempo, la Santa Sede nombró al Padre José Gabriel, Monseñor y Protonotario Apostólico.
Desde 1938 fue también Padre Espiritual en el Seminario de México y de varias casas religiosas.
Colaboró en “Christus”, revista sacerdotal muy  prestigiada, escribiendo sobre Liturgia, así como también para la Editorial  Buena Prensa. Es el autor de un pequeño y entonces valioso y práctico libro, “El Seminarista en el Altar”.

¿CÓMO FUE EL SEÑOR ANAYA?

        Desde luego no era un portento de inteligencia, ni gozaba de gran presencia física, pues era de baja estatura, de voz queda y pausada y de movimientos rápidos, producto de su temperamento que lo impulsaba a enojarse rápido, pero que daba paso a su nobleza para contentarse y serenarse de inmediato.
Algunos lo han  tildado de “opaco”, de tímido y poco emprendedor... Quienes hacen tales afirmaciones, no  han analizado del todo ni la real personalidad del Señor Anaya, ni mucho menos han conocido la obra realizada por él en la Diócesis, a través de los veinte años que la gobernó. Ciertamente su obra no fue hecha “con bombo y platillo”, o por sí mismo y directamente, pero sí a través de colaboradores de quienes tuvo la virtud y la ciencia de saber ayudarse. Los juicios exagerados, en mi opinión, se deben más bien a alguna dificultad personal que con el Señor Anaya tuvieron quienes los emiten.
Ciertamente, el Señor Anaya no fue una persona de “mentalidad avanzada o muy abierta” y a él, como a muchos otros Obispos, Sacerdotes y fieles, las reformas del Concilio Vaticano II lo tomaron en gran parte de sorpresa y le costó trabajo adaptar su mente y su acción a tales reformas. Sin embargo, a pesar de esos obstáculos, trató de poner en práctica mucho de lo que el Concilio le entregó a la Iglesia.
Al Señor Anaya le tocó una época difícil, de transición y de cambio en todos los órdenes, en especial en el orden eclesiástico y pastoral, y además se encontró en medio de dos corrientes que trataban de influir en su ánimo y en su gobierno (y que en algunos casos, desgraciadamente, lograron intimidar para que al final no hiciera las cosas del todo bien): una parte del clero tradicionalista y apegado al pasado frente a un clero joven, deseoso del cambio y encandilado con la novedad y el deseo de terminar con todo lo viejo... Y sin embargo la Diócesis marchó hacia delante.
Por otra parte, nadie puede poner en duda su laboriosidad, su entrega al ministerio episcopal, su piedad, su desprendimiento y generosidad y su modestia. Su vida fue edificante y su actuar, a pesar de las enfermedades, fue constante en el servicio de la Iglesia Zamorana y sus diocesanos, lo que quizás constituya y sea una de sus mayores aportaciones a la Diócesis.

¿QUÉ HIZO EL SEÑOR ANAYA?

La obra de este Obispo, como señalábamos, no se caracterizó por lo espectacular y grandioso, pero sí por su constancia, profundidad y solidez. Baste recordar algunos de lo los renglones de ella, en la imposibilidad de recordarlos todos:


Sacerdotes, Seminario y Religiosos
El Señor Anaya además de estar convencido y de exteriorizarlo, trabajó para que los Sacerdotes y el Seminario fueran realmente la parte medular y principal de la Diócesis, como se pudo ver en todo lo que, con relación a ellos,  realizó:
- El 9 de agosto se instituyó la fiesta del Cura de Ars como Patrono de los Párrocos, y fue gratificante para todos los pueblos de la Diócesis, ver, años con año, a sus Señores Curas, hermanados y entusiastas, preparando la celebración de aquella “su” fiesta y reuniéndose alrededor de su Obispo para festejar e implorar a su Santo Patrono. Ellos (y sólo ellos) organizaban todo lo relacionado con esa fiesta: lugar, horarios, celebrantes, predicador, etc.
- En agosto de 1953 aprobó los Estatutos de la Unión de Párrocos, como un instrumento eficaz de su ministerio.
- El 24 de noviembre de 1958 emitió el Decreto con relación a los Auxilios Mutuos para los Sacerdotes, como un medio de ayuda y solución al problema económico sacerdotal.
- El Señor Anaya fue un gran promotor, difusor y sembrador de algo que se ha olvidado: el espíritu misionero. Prueba de ello fue la organización o actividad constante de los Obras Pontificias Misionales y la significativa aportación y contribución de la Diócesis de Zamora al Seminario de Misiones Extranjeras (Misioneros de Guadalupe) en todos los órdenes, pero principalmente con la entrega generosa de seminaristas fundadores de ese Instituto: José Álvarez Herrera, Alejandro Ríos, Rodolfo Navarro,  Juan Gutiérrez, etc.
- Abrió las puertas del Seminario, con generosidad, a Diócesis pobres y ayudó con varios Sacerdotes a Diócesis necesitadas de ellos.
- Supo desprenderse de gente valiosa en la persona de seminaristas que pasaban a otros Seminarios. Por ejemplo, en  octubre de 1960, nueve seminaristas zamoranos fueron “regalados” a varios Seminarios de la República, necesitados de vocaciones.
- En su tiempo se inició el Proceso de Beatificación del Sr. Castellanos, Sacerdote zamorano ejemplar, luego Obispo de Tabasco.
- Luchó por la renovación, y preparación del personal del Seminario y modernizó (aunque no del todo) los planes de estudio del mismo. Edificó el Seminario Mayor de Jacona y el Menor de Uruapan (aunque en relación con éste, debido a malos consejos y exceso de confianza, permitió, inconscientemente, varias fallas técnicas, jurídicas y de funcionalidad). Para ambos aportó gran parte de sus haberes, sobre todo para la construcción del primero.
- Con la intención de convivir más con los Formadores y seminaristas, así como participar más en la vida del Seminario, a iniciativa suya se construyó un departamento exclusivo para que él lo utilizara, junto al cuarto del rector.
- Fueron muchos los alumnos del Seminario, enviados tanto a Montezuma como a Roma para especializarse en las ciencias eclesiásticas y no eclesiásticas, no sólo para lucir o presumir de un título, sino para venir luego a trabajar en el Seminario y en la Diócesis.
- Tuvo especial cuidado que las vocaciones sacerdotales no menguaran, de tal manera que de todas las gestiones de los Obispos que han gobernado Zamora, la suya ha sido la más fecunda en cuanto a Sacerdotes ordenados para la Diócesis, para otras Diócesis y para varias Congregaciones Religiosas, tomando en cuenta la duración de su gobierno.
En cuanto a los Religiosos y Religiosas, tuvo especial preocupación y cuidado:
-A las Congregaciones ya existentes en la Diócesis las ayudó siempre y se preocupó por ellas.
-Aprobó a los Oblatos Diocesanos del P. Enrique Méndez, Párroco de Sahuayo.
-Aprobó, también, la Pía Unión de Religiosas del Trono de la Sabiduría y las de Nuestra Señora de la Esperanza.
- En 1954 aceptó en su Diócesis a  los Padres Combonianos, que llegaron a Sahuayo para instalar su Seminario.

Amor Entrañable a María Santísima
Las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran y, si algo hay que destacar en el Señor Anaya, es su devoción profunda y sincera hacia la Madre de Dios, que trató siempre de infundir a sus diocesanos de todos los niveles y que lo llevó a realizar y lograr varias cosas, como fruto de esa devoción personal:
- Su primera Carta Pastoral fue sobre el Patronato de la Virgen de la Esperanza sobre la Diócesis de Zamora, lo que logró el 14 de febrero de 1952.
- Consiguió también de Pío XII, el reconocimiento del Patronato de la Inmaculada sobre Zamora, coronando solemnemente y en medio de grandes festejos y regocijos, su imagen, al celebrarse el Primer Centenario del Voto Zamorano a María, en 1950.
- Declaró Santuarios Marianos a Apo y a Tingüindín.

Movimientos Apostólicos, Educación y Colegios Episcopales
Todos los Movimientos Apostólicos existentes en la Diócesis a su llegada y los demás que durante su gobierno se fundaron, recibieron siempre su apoyo decidido y estimulante: Movimiento Familiar Cristiano, Acción Católica, Caballeros de Colón, Cursillistas, etc., tuvieron realmente un repunte durante su gestión.
La educación y los educadores ocuparon un lugar especial en la agenda del Señor Anaya, pues trabajó muy en serio, tanto en pro de las Escuelas Particulares (Federación,  Unión de Padres de Familia, etc.) como de las Oficiales pues, de manera especial, promovió el contacto y la unión con los maestros cristianos de toda la Diócesis, promoviendo eventos (ejercicios espirituales, retiros, cursos, etc.) para su crecimiento cultural, moral y espiritual.
Los Colegios Episcopales fueron fundados por el Señor Anaya, a sugerencia de la Sagrada Congregación de Seminarios. Tales Colegios deberían contar con un Sacerdote Director; no eran ni escuelas apostólicas ni preseminarios, sino semilleros de verdadera cultura científica y cristiana, sobre todo de vocaciones sacerdotales. El 26 de abril de 1961, el Señor Anaya aprobó las Normas para esos Colegios Episcopales que, al final fueron suprimidos, principalmente por apatía, cierta pereza y poca voluntad para solucionar los problemas que naturalmente tenían que surgir, suprimiendo con ellos valiosas fuentes de cristianismo y de vocaciones.
La Liga Pro Tarascos, nacida en 1948, cuando un grupo de once Sacerdotes que trabajaban en la Meseta Purépecha se unieron, en un afán apostólico de ayudarse mutuamente en un medio y ambiente comunes y según el sentido comunitario indígena de la región. Desde un principio, el Señor Anaya vio con simpatía este movimiento, asistió a varias de sus reuniones y el 5 de marzo de 1955, al celebrarse el IV Centenario de la muerte de Fray Juan de San Miguel, apóstol de los purépechas, lo aprobó oficialmente, alabando su espíritu de unión, solidaridad, caridad e ímpetu apostólico y desinteresado y poniéndolo bajo la protección de María de Guadalupe y de San Pío X.
Pero no solamente autorizó y bendijo aquella Liga, sino que, de manera personal y directa, la ayudó en algunas de sus realizaciones concretas y efectivas:
- La celebración de Ejercicios de encierro en lengua puré para indígenas, como los que tuvieron lugar en Chilchota y en Jacona, con gran asistencia de toda la Sierra.
- La fundación de Colegios en la Meseta, como el de Angahuan, Tanaco y  Pichátaro.
- La celebración de la Primera Semana Católica de la Sierra Tarasca, en Paracho, del 13 al 18 de noviembre de 1955, a la que asistió, además de los Señores Obispos Don  Celestino Fernández, de Huajuapan de León, y Don Abraham Martínez, de Tacámbaro, 24 Sacerdotes de la Diócesis y algunos de Morelia, que se desarrolló, entusiasta y fructífera, entre solemnes actos de culto, alegres y tradicionales fiestas populares y productivas mesas de estudio.
- La apertura de la Escuela Doméstico–Rural de Tarecuato, en febrero de 1960, para muchachas purépechas, a cargo de las Operarias de la Sagrada Familia y con el apoyo decidido y solidario de todos los Padres de la Sierra, de los Comités de Acción Católica (sobre todo de Zamora), de varios bienhechores y, de manera especial, del Señor Anaya. El programa que en dicha escuela se llevaba era el siguiente: Cultura general (Aritmética, Gramática, Geografía, Historia, Civismo, etc.), Higiene de la persona, de la habitación y alimentación, Primeros auxilios, Cuidado de los niños, Cocina, Confección, Avicultura, Apicultura, Cría de cerdos, Cultivo de hortalizas y árboles frutales, Conservación de frutas y legumbres y Organización de cooperativas.
A ella acudían muchachas de Cherán, San Juan Nuevo, Corupo, Angahuan, Chilchota, Tanaco, Pamatácuaro, Charapan, Nahuatzen y Atapan, con excelentes y necesarios resultados.
-El establecimiento del Día de la Sierra Tarasca, el 7 de julio de 1960.
-El 9 de mayo de 1961, el estreno solemne del Oratorio de la Escuela Catequística de Chilchota, que también recibió siempre el apoyo decidido del Señor Anaya.
Obras, todas ellas, de beneficio inmenso para nuestros hermanos de la Meseta pero que, desgraciadamente, desaparecieron conjuntamente con la Liga Pro Tarascos.

*                           *                            *

Para ayudar al Señor Anaya en el gobierno de la Diócesis, el 26 de mayo de 1961, el Señor José Salazar fue nombrado por la Santa Sede, Coadjutor de la Diócesis de Zamora.
En 1967, cansado y enfermo, el Señor Anaya renunció a Zamora y se fue a San Juan de los Lagos, donde fue nombrado Canónigo, pero regresó a su querida Zamora (mejor que a la ciudad de México) y fue aquí donde murió como vivió, calladamente,  el 6 de enero de 1976.

 

 

JOSE SALAZAR LOPEZ


Sexto Obispo de Zamora ( Coadjutor 1961-1967; Titular 1967-1969)

 

Aunque ya era una noticia esperada de un mes a otro, de un año a otro, sin embargo, al conocerse, causó gran impacto: el martes 9 de julio de 1991, a las 4 de la tarde, en el Hospital Margarita fallecía el Señor Cardenal Don José Salazar López. Desde que en 1881 había sufrido aquel aparatoso y grave accidente automovilístico, cerca de Durango, su salud había quedado bastante quebrantada, hasta el grado de haber tenido que guardar  cama casi durante dos años. En ese entonces, había presentado su renuncia a la Santa Sede, pero no le había sido aceptada, sino hasta  el 20 de mayo de 1887, cuando renunció de  nuevo  al Arzobispado de Guadalajara, quedando al frente del mismo el Señor Posadas Ocampo. La Iglesia de Guadalajara sintió aquella muerte y la Iglesia de Zamora también lo hizo, pues, a pesar de los pesares, el Señor Salazar había dejado, en general y sobre todo entre el pueblo cristiano, un buen sabor de boca, por su gobierno, su figura y su ministerio.

UNA VIDA DE ENTREGA Y SERVICIO PLENOS

Al morir, contaba con 81 años de edad, transcurridos desde aquel día en que nació en  Ameca, Jal., el 12 de enero de 1910, siendo sus padres Don Cándido y Doña Luisa.  En 1923, casi un niño, entró al Seminario de Guadalajara, de donde fue luego enviado a Roma  a perfeccionar sus estudios de Filosofía y a seguir con los de Teología y Sagrada Escritura, estudios que no terminó allá por enfermarse, obteniendo sólo una licenciatura en Teología y en Derecho, pues tuvo que regresar a México, sin ordenarse. Fue hasta  el 26 de mayo de 1934 cuando  se ordenó de manos del Señor Garibi y Rivera, entonces Auxiliar del Señor Orozco y Jiménez, zamorano Arzobispo de Guadalajara, quien lo destinó de inmediato al Seminario.
Comenzó por dar clases de latín (llegó a ser considerado “el mayor latinista clásico del Continente”), luego fue nombrado, sucesivamente, Prefecto de Disciplina del Seminario Menor y del Mayor, Vice-rector (4 años) y Rector, cargo que desempeñó por casi 25 años, hasta que, con mucha resistencia de su parte (como se había resistido antes a ser Canónigo), el 26 de mayo de 1961, fue  nombrado Obispo titular de Prusiade y Coadjutor de Zamora, escogiendo como lema en su escudo y programa de su vida la palabra “Ministrare”, que significa “Servir”.
Fue consagrado Obispo en la Basílica de Guadalupe por su protector y maestro el Cardenal Garibi y Rivera, el 20 de agosto de 1961 y llegó a Zamora el 5 de septiembre siguiente para desempeñar su cargo: ayudar al Señor Anaya en el Gobierno de la Diócesis.  El 15 de septiembre de 1967, por renuncia del Señor Anaya, se hizo cargo de la Diócesis que comenzó a gobernar ya como titular el 24 de octubre de ese mismo año.
A los dos años, fue promovido al cargo Arzobispo de Guadalajara, del que tomó posesión el 1 de marzo de 1970 y, poco después, el 5 de marzo de 1973, fue nombrado  Cardenal, tocándole elegir a dos Papas: en 1978, a Juan Pablo I  y  a Juan Pablo II, quien, el 8 de mayo de 1880, en su primera Vista a México, le dedicó un saludo afectuoso y cálido, como a pocos le ha dedicado.

UN HOMBRE CON DEFECTOS Y CUALIDADES

Ordinariamente, al hablar de grandes personalidades, tendemos a presentarlos sin defecto alguno, como si así hubiesen nacido. Pero, a pesar de su grandeza, debemos admitir que, como humanos, tuvieron y tienen sus defectos. En el caso del Señor Salazar pasa lo mismo. Pero, como en todos los de su clase, sus cualidades opacaron sus defectos y su intención abierta, su voluntad decidida y su actuación manifiesta  y conocida lo llevaron siempre a luchar contra esos defectos.
Desde luego que su pequeña estatura y la humildad de su origen no formaban parte de ellos, como algunos lo juzgaron y, por otra parte, lo eminente o grandioso de la persona  no se miden por la estatura o el origen, sino, en ciertos casos, por la envidia de algunos o por el revanchismo y el resentimiento de otros, que sólo utilizan tales criterios para juzgar a los demás.
Quizás al Señor Salazar le faltó mayor “trato social” (su carácter, su formación y su ministerio en el Seminario pudieron haber sido la causa de ello, pero luchó siempre por tenerlo  y poco a poco lo fue logrando); tal vez a algunos les pareció un pequeño dictador (muchas veces, cuando se nos trata con energía, tenemos esa impresión); otros se quejaron de era cortante y “duro” (única actitud efectiva en ciertos casos, aunque no guste). En pocas palabras, su estilo de gobierno no a todos gustaba y eso era muy natural.
Pero se puede afirmar, con toda razón, que el Señor Salazar era un hombre capaz, dotado de muchas cualidades, afirmación que se  demostró con los cargos que tuvo y su desempeño en ellos. Tales cargos no le fueron encomendados por su buena presencia, o simple simpatía... Los distintos puestos en el Seminario de Guadalajara, su nombramiento de Obispo de Zamora, de Arzobispo de Guadalajara y de Cardenal,  las demás encomiendas que tuvo en el Consejo Episcopal Mexicano en varias de sus Comisiones (Vocaciones, Seminarios, Clero, Liturgia, Música y Arte Sacro, etc.)  y su nombramiento de Presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana, en 1973 y su reelección en 1976, son  pruebas de su capacidad y cualidades.
En su Carta de despedida a los Sacerdotes, diocesanos y Religiosos de la Diócesis de Zamora, se trasluce su personalidad y su conciencia y convicción humana: “Acepten la expresión de mi cariño y reconocimiento por su amistad, caridad y colaboración en los años que hemos convivido... Mi esperanza y mi deseo sincero son que Uds. sigan en las obras emprendidas, unidos siempre a su nuevo Prelado, con gran ánimo y celo pastoral, manifestándole afecto y ofrecimiento en la misión sacerdotal para bien de esta Diócesis que llevo tan dentro de mí... Reconozco mis defectos que, más de una vez, Uds. habrán sentido: pero al mismo tiempo me siento comprendido y disculpado, por su caridad...” (25 de febrero de 1970)
Quizás Zamora, o parte de ella, (esa es mi impresión y la de muchas otras personas de fuera de la Diócesis) no supo apreciar, valorar ni aprovechar lo suficiente al Señor Salazar...

SUS VIRTUDES

Fue reconocida en la persona del Señor Salazar una serie de valores y de virtudes que, aunque no se quisiera, afloraban de su hablar, de su actuar y de su vivir. Podemos recordar algunas de ellas:

Piedad. El motor de su vida intensa vida espiritual y apostólica fue su unión con Dios. Sabía pasarse largos ratos delante del Santísimo y característico y significativo fue en él el no permitir que se le distrajese en su Acción de gracias después de la celebración de la Misa,  aunque se tratara de asuntos más o menos importantes. Su amor y devoción a la Santísima Virgen María era edificante. Su respeto y cariño por la Palabra de Dios escrita en la Sagrada Escritura eran notorios, pues seguido citaba la Biblia, no como el erudito que cita autores y textos por “apantallar”, sino como el vino que se derrama de su recipiente por lleno... Amor a Cristo, a María y a la Iglesia

Modestia y prudencia fueron dos cualidades que caracterizaron al Señor Salazar como lo demostró ya desde su actuación como Coadjutor del Señor Anaya (durante la cual hubo motivos para ciertas fricciones que no pasaron a mayores, precisamente por la prudencia de ambos) y posteriormente. Cuando el Señor Anaya presentó a la Santa Sede  su renuncia a la Diócesis “por sus enfermedades y creyéndolo útil para el bien de los fieles” y el Papa lo nombró para sucederle al Señor Salazar se señaló como fecha de su toma de posesión el 24 de octubre de 1967 y se pretendieron realizar algunos actos para ella. Pero el Señor Salazar “por acomodarse al espíritu de sencillez recomendado por el Concilio y por creerlo más conforme a los justos sentimientos de dolor que siente la Diócesis por la separación de  Mons. Anaya”, no quiso que se le hiciese una recepción solemne por las calles, sino que, llegando privadamente, a las 7.30 a Catedral, tomó posesión de la Diócesis, posesión que le dio Mons. Farraiolli, Encargado de la Delegación Apostólica y celebró la Santa Misa con 24 Sacerdotes en representación del Cabildo, del Seminario y de las Foranías de la Diócesis. Por la noche,  una sencilla cena en el Seminario, con algunos invitados, fue el único festejo por su toma de posesión.

Austeridad, pobreza y sencillez. El Señor Salazar fue un hombre totalmente ajeno y libre de ambiciones terrenas. Se le veía siempre vestido con modestia y sencillez, con su eterna gabardina gris y su limpio alzacuello. Sencillez en el vestir (su eterna gabardina gris y su limpio alzacuello), sencillez en el comer (¡cómo disfrutaba de los chilaquiles y de los platillos ordinarios y caseros!, sencillez en sus diversiones (Uno de sus máximos placeres: comer unos sabrosos tacos bajo la sombra de un fresco árbol y viendo el fabuloso paisaje michoacano). Nunca aceptó un carro lujoso.
Una vez ya Arzobispo y Cardenal de Guadalajara, no quiso ningún Palacio Arzobispal, ni casa residencial alguna, sino un cuarto modesto, en la Casa del Sacerdote, por la calle Garibaldi: una cama, un buró, un pequeño y sencillo librero y tres sillas, apretujadas. Y después, ante la insistencia de algunos Sacerdotes, por respeto a los demás, aceptó se le arreglaran ahí en esa misma casa, un cuarto para dormir, una salita y recibidor y una pequeña capilla. Le regalaron dos magníficas casas para que las habitara, pero él las regaló más delante... Campechano, natural, desprendido (a veces excesivamente), no le molestaba ganar $ 500 pesos como Obispo de Zamora, cuando algunos Vicarios de ciertas Parroquias ganaban 1000 pesos.
 
Caridad y solidaridad Sacerdotales. Algunos Sacerdotes tuvieron ciertas dificultades con el Señor Salazar y se crearon ciertas diferencias. Algunos de esos problemas nacieron, o bien del gobierno ambiguo, cuando los dos Obispos tenían casi las mismas facultades, o tal vez de la falta de mutua e involuntaria incomprensión. Cuando el Señor Salazar notaba que alguien se molestaba gratuitamente, con razón o sin razón, por sus órdenes, entonces se mostraba enérgico y tajante (energía y dureza paternales y pastorales, decía él); pero cuando ese alguien se ponía en un plan, no de sumisión, sino de mutuo respeto y de confianza, la amistad sincera y la paternidad espiritual afloraban en su trato. En el plano normal, de padre e hijo, de Obispo y subalterno, era padre y Obispo. Pero cuando alguien se “alebrestaba”  y revelaba, (para algunos, por orgullo herido o por exceso en las ideas de autoridad y obediencia), entonces era “duro”.
Gustaba mucho de las visitas a Sacerdotes enfermos (y no como “médico”, sino como padre y hermano) y a Sacerdotes en crisis y con problemas, ayudándoles en lo posible a salir de ellos.

Laboriosidad. Era su lema y su casi obsesión. Recorrió, incansablemente toda las Diócesis, aun las rancherías y pequeños poblados. Sus Visitas Pastorales las hacía “a conciencia”, no en plan de festejo y paseo: predicación, confesión, análisis e investigación a fondo del estado de la Parroquia y de la situación de sus Sacerdotes y de los fieles, etc.
Todas las horas de todos sus días estaban llenas. Su necesaria distracción a veces, como apuntábamos, era ir a comer tacos al campo o descansar, leyendo un buen libro, en algún pueblo de la Diócesis.


SU OBRA EN ZAMORA

Realmente fue muy corta la estancia del Señor Salazar en la Diócesis de Zamora, dividida en dos épocas: primero seis años como Coadjutor del Señor Anaya, época en la que fue simplemente un efectivo y prudente colaborador suyo; y después ya como titular de la Diócesis, escasos dos años en los que sí se vio y se notó más su peculiar sello de gobierno y de actuar.
A su estancia en la Diócesis de Zamora la llamaba el Señor Salazar su “noviciado episcopal”, porque Zamora fue una buena escuela de ocho años en la que, gracias a los problemas y a las experiencias en ella tenidas, se preparó para su etapa de Arzobispo y Cardenal en la Arquidiócesis de Guadalajara, una de las más grandes entonces del mundo católico (a su llegada a ella trabajó, contra la mente del Cardenal Garibi, para que la Santa Sede la dividiera en varias Diócesis para una mejor atención a los fieles católicos). Los años que vivió y trabajó en Zamora le ayudaron sin duda para despojarse de la mentalidad, el modo de ser y de actuar del Señor Garibi, de su tradicionalismo y de otras cosas que la sociedad y el Concilio pedían de los nuevos Pastores de la Iglesia. Después de Zamora, el Señor Salazar se hizo más prudente para gobernar.
Por falta de espacio, podemos enumerar sólo algunas de las obras emprendidas por el Señor Salazar en su breve paso por la Diócesis:
A su llegada a Zamora, fue nombrado Asistente Eclesiástico de la Acción Católica y a ella le dedicó muchos trabajos y desvelos. La educación cristiana fue una de sus principales preocupaciones y por ello se dedicó a la organización y buena marcha de los Colegios Católicos. Reorganizó varios de los Organismos Diocesanos (Liturgia, Catequesis, Evangelización, Secretariado Social, etc.)
Estableció el Consejo Presbiterial, en respuesta al Concilio Vaticano II y como un “Organo estable  de coloquio y diálogo entre el Obispo y los sacerdotes, así como para aconsejar al Obispo en el Régimen de gobierno, sugerir normas, fomentar el bien de la Diócesis...”. El 20 de marzo de 1967 formaba la Comisión del Presbiterio y, más tarde, la Comisión Promotora de la Pastoral, las Vicarías y los Vicarios Episcopales.
Se preocupó por el Seminario (donde vivió siempre)  y renovó la dirección del mismo.
 Erigió sólo 4 Parroquias (más 154 en Guadalajara), ordenó 32 Sacerdotes (más 228 en Guadalajara). De todos los ordenados por él,  8 son ya Obispos.
El Señor Salazar trató de llevar a la práctica el Concilio Vaticano II, se pronunció por “salir de las Sacristías” y por actuar con “criterios sanos, pero abiertos, de búsqueda y de encuentro” y todo ello, como alguien comentó en Guadalajara,  “apretando como tornillo milimétrico, con suavidad, pero sin aflojar para nada”. Dificultades las tuvo y fue muy corto el tiempo que trabajó en Zamora. En Guadalajara lo logró en mayor escala.
Pero sobre todo, el mayor regalo y herencia de su parte para la Diócesis zamorana fue su entrega y su ejemplo.

 

 

ADOLFO HERNANDEZ HURTADO


Séptimo Obispo de Zamora (1970-1974)

 

Un compás de espera y una Bula inesperada

Al dejar la Diócesis de Zamora el Señor Obispo Don José Salazar, fue nombrado Administrador Apostólico de la misma el Señor Arzobispo Don Luis Mena, residente entonces en Zamora. El Señor Mena había nacido en Churintzio el 2 de mayo de 1920,  siendo sus padres Don Luis Mena y Doña Emilia Arroyo y había  ingresado al Seminario de Zamora, de donde fue mandado a Roma, al Colegio Píolatino. Ordenado en San Juan de Letrán por Mons. Traglia en 1944 y vuelto a México, fue maestro del Seminario y luego Obispo Auxiliar, Administrador Apostólico y Arzobispo de Chihuahua. Cuando renunció a este último cargo, regresó a Zamora y fue entonces cuando se le nombró Administrador de esta Diócesis, mientras se nombraba al sucesor del Señor Salazar. Después fue nombrado Auxiliar de la Arquidiócesis de México y, finalmente, al renunciar a su puesto, regresó a Zamora, donde ahora reside.
 Después de ocho meses de espera para la Diócesis de Zamora, por fin, en Roma, se publicaba la Bula en la que se nombraba a su séptimo Obispo:
“Pablo Obispo, siervo de los siervos de Dios, al Venerable Hermano Adolfo Hernández Hurtado hasta ahora Obispo de Tapachula, trasladado a la Sede de Zamora, en México; salud y bendición Apostólica...
Dado en Castelgandolfo, cerca de Roma, el día 19 de agosto del año del Señor de 1970, octavo de nuestro Pontificado”
El nombramiento del Señor Adolfo Hernández como Obispo de Zamora no dejó de causar cierta extrañeza o cierto desconcierto, tanto entre muchos Sacerdotes como entre algunos fieles de la misma, debido a que era casi un desconocido para la mayoría de ellos  y, además, porque poco se conocía de su labor en la lejana y casi nueva Diócesis de Tapachula.. Nadie o casi nadie, se imaginaba que él era uno de los candidatos al Obispado de Zamora. Incluso algunos tuvieron que recurrir al Anuario Pontificio para conocer algunos datos acerca de él.

Quién  era el séptimo Obispo de Zamora?

        Adolfo Hernández Hurtado había nacido el 18 de diciembre de 1920  en Arandas, Jal., “pueblito bonito, que tiene la sangre que tiene Jalisco”, y que  “no sé lo que tiene: se mete en el alma y en los corazones”. Había estudiado en el Seminario de Guadalajara y ordenado Presbítero el 26 diciembre de 1943.  En 1947, fue nombrado Párroco de Ciudad Guzmán, en donde se mostró como hombre de gran actividad en el orden espiritual y material y fue muy apreciado por todos. Al ser creada, el 19 de julio de 1957, la Diócesis de Tapachula, en Chiapas, Don Adolfo fue nombrado su primer Obispo el 13 de enero de 1958  y consagrado como tal el 11 mayo de 1958.
        El Señor Hernández le dio gran impulso aquella nueva Diócesis la que recibió carente de casi todo. Cuando llegó a ella, encontró  9 parroquias, 12 sacerdotes,  0 seminaristas y 350,000 habitantes. Pero su celo apostólico le llevó a organizar aquella comunidad diocesana, comenzando con la fundación del Seminario y la aceptación de varios seminaristas de otras Diócesis (incluso de la de Zamora), convencido de que el Seminario y los Sacerdotes son la parte medular de toda Diócesis. Al ser  promovido como Obispo a Zamora, en 1970, dejó en la Diócesis de Tapachula 23 Sacerdotes, 4 religiosos, 17 Parroquias, 23 seminaristas y se encontró en su nueva Diócesis con 238 Sacerdotes, 73 Parroquias , 18 religiosos y centenar y medio de seminaristas.

Toma de posesión y futuro esperanzador...

A pesar del poco conocimiento que del Señor Hernández se tenía en la Diócesis, la mayoría de los Sacerdotes y todos los fieles lo recibieron con los brazos y el corazón abiertos, fijándose el 17 de octubre de 1970 como fecha de la toma de posesión del nuevo Obispo.
Procedente de la ciudad de México, tuvo el Señor Hernández que pasar la noche del 16 de octubre en La Piedad para poder entrar con todos los honores a su nueva Diócesis al día siguiente. Zináparo, Churintzio, Tlazazalca, Purépero, Los Once Pueblos, Tangancícuaro se volcaron hacia la carretera para darle una alegre y cariñosa bienvenida al nuevo Obispo. Llegando a Zamora, y bajándose del vehículo que lo transportaba, desde  las Garita de Los Naranjos hizo su recorrido a pie hasta la Catedral, en medio de Bandas de música,  repiques, flores, serpentinas y el cariño de todo un pueblo. Al llegar a su nueva Catedral, a las 11:30 de la mañana, lo esperaban en ella el Cardenal José Garibi, su protector y promotor, que lo había ordenado Sacerdote, el Delegado Apostólico Don Carlos Martini, el Señor Arzobispo de Guadalajara Don José Salazar, varios Obispos más, decenas de sacerdotes y una gran muchedumbre de casi todas las Parroquias de la Diócesis, así como varios fieles venidos desde Tapachula.
Después de la toma de posesión, en la misma Catedral y, a nombre del pueblo, le dieron la bienvenida Rafael Márquez, de Pamatácuaro, en tarasco y Luis Arceo, de Sahuayo, en español.  Al terminar de la Misa, gran número de acompañantes se trasladaron a Camécuaro donde se ofreció una comida en honor del nuevo Obispo.
Todo parecía presagiar dicha, bonanza, paz y un futuro prometedor para la Diócesis...

Actuación de Don Adolfo Hernández

Desde su llegada, el nuevo Obispo presentó su programa de trabajo. En su discurso de toma de posesión señaló, a grandes rasgos, la esencia y la médula de su futura labor en la Diócesis de Zamora:
“Estos momentos de alegría contrastan con el dolor y el desgarramiento que me tocó sufrir  al dejar para siempre la diócesis que engendré para Cristo. Pero puedo decir que salí de ella lleno de ilusión por esta nueva oportunidad que el Señor me presenta en Zamora”. Y exteriorizó su voluntad de “servir a todos en una triple tarea”: en el Evangelio, siendo para sus diocesanos maestro, testigo y profeta; en la Eucaristia, tratando de “transformarse en aquello que celebra”, ya que la Eucaristía engendra unidad y porque “en una comunidad que está resquebrajada por tensiones de unos, incomprensión de otros o indiferencia de muchos, no se realiza la presencia del Señor” y, además,  porque la santidad sólo se logra a base de Eucaristía; y, finalmente, en el Gobierno paternal y pastoral para todos: Sacerdotes y Seminario; Religiosos y Religiosas y fieles todos
Para ayudarse a llevar a cabo este programa, nombró Vicario General al Padre Don Adolfo Guerrero (aunque en un principio trató que fuera el Señor Valencia pero, por diversas causas, no lo hizo) y, como Pro-Vicario, al Padre Pedro Torres Bustos.
Sin duda alguna para el Señor Hernández los Sacerdotes fueron su principal preocupación, pues si analizamos  la mayoría de sus pastorales, decretos, etc.  son dedicadas a ellos o con relación a ellos; más aún, siempre que iba a publicar esos documentos, tenía especial cuidado, ya haciendo varios borradores o dándolos a “pulir” a Sacerdotes experimentados en ese oficio... Los principales temas de esa pastorales y circulares fueron: el testimonio de vida sacerdotal, la actualización de los Sacerdotes en los estudios, la situación económica del Sacerdote y sus soluciones, etc.
Por ejemplo, tuvo especial cuidado en cuanto a la Nivelación Económica del Clero, exhortando encarecidamente a los fieles católicos a ayudar económicamente al Sacerdote y haciendo varias encuestas para buscar la mejor solución el desnivel económico de los Sacerdotes y hacer que su economía personal fuera suficiente. Para ello, entre otras cosas, decretó un plan de ayuda interparroquial.
Creó el Fondo Común, formado con la participación y aportaciones de “Catedral, de todas las Parroquias, Vicarias y Capellanías. Para esto, las más potenciadas económicamente darán un diez por ciento del total de las  entradas y las demás un cinco por ciento”
Prueba también de su cuidado y delicadeza hacia sus Sacerdotes fue el hecho de que, cuando fallecía alguno de ellos, personalmente y por medio de una Circular, avisaba a la Diócesis tal suceso, fomentando con ello el espíritu comunitario y eclesial que deseaba vivir y hacer vivir a sus diocesanos.
 Reformó las Vicarías y formalizó la Organización Pastoral de la Diócesis, continuando, con ello  la obra del Señor Anaya y del Señor Salazar, como él lo afirmó varias veces,
Con todo dolor de su corazón, tuvo que cerrar la Escuela Doméstico-Rural de Pajacuarán, ya que, después de un estudio realizado por el Señor Cura Nacho Orozco, El Padre José Luis Amezcua y otros, se llegó a aquella conclusión. Los problemas económicos y de otra índole, nacidos tal vez de la falta de solidaridad y visión de algunos Párrocos, de ciertos malos entendidos y de los malos resultados de la Escuela (sobre todo por la falta de creación de valores apostólicos en las alumnas de dicha Escuela) fueron las causas de aquella clausura, “provisional” para el Señor Hernández.
Un hecho que habló mucho del espíritu del Señor Hernández fue la invitación que hizo a los Sacerdotes de la Diócesis para ir a trabajar a Diócesis pobres, bajo ciertas condiciones, circunstancias y acomodos con los Ordinarios de ellas. El sabía y había experimentado la angustia y el sufrimiento por la carencia de Sacerdotes en las Diócesis pobres.
Otro bello gesto de su parte fue la invitación que hizo al Señor Salazar, ya Cardenal, para venir el 13 de mayo de 1973 a recibir de la Diócesis de Zamora una muestra pendiente de “gratitud y afecto” por los años que trabajó en ella. Una comida en Camécuaro para todo el pueblo,  una cena para algunos invitados y, principalmente, una Misa concelebrada a las 6.30 p.m. en la Catedral.  La llegada del Señor Salazar de Guadalajara fue directamente a Camécuaro.
 
Estilo de Gobierno

Características de Don Adolfo fueron su sencillez y amabilidad en el trato hacia todos, sin distinción de clases ni personas, mostrándose siempre atento y correcto;  fue, por ello, estimado y querido por todo el pueblo cristiano. Practicaba, por naturaleza y por convicción, los apostolados del saludo y de  la sonrisa amable (apostolados tan fáciles,  tan cristianos y que  tanta falta hacen en nuestros días). En Ciudad Guzmán, en Tapachula y en Zamora el saludo y la sonrisa eran esenciales en la persona del Señor Hernández Hurtado.
Durante su permanencia en la Diócesis de Zamora y cuando ya se comentaba entre los Sacerdotes su “suavidad y excesiva prudencia en el gobierno”, algunos llegaron a afirmar que ello se debía, tal vez a que estaba  “acomplejado”, al verse “en medio de un clero inteligente, instruido y, en cambio él, sin título académico alguno, etc., etc.”. Tal afirmación, como era natural, hirió al Señor Hernández y  fue motivo para un comentario hecho por un Sacerdote en Guadalajara: “En el plano pastoral, sin menospreciar los títulos académicos, lo que más cuenta es el celo y la espiritualidad del Sacerdote o del Obispo. La ciencia (necesarísima desde luego en el apóstol), sin la virtud, de poco sirve en el plano de la salvación de las almas. El pueblo desea y necesita Sacerdotes santos, más que Sacerdotes sabios”
Tal vez la obra del Señor Hernández, como Obispo de Zamora, se pudiese catalogar como “pobre”, pero se deben tener en cuenta dos factores para poder juzgarla: el poco tiempo que trabajó en la Diócesis y, sobre todo, su presentimiento expresado el día de la toma de posesión:
 “... en una comunidad... resquebrajada por tensiones de unos, incomprensión de otros o indiferencia de muchos, no se realiza la presencia del Señor”

Su  retirada

Apenas cuatro años escasos... y el Señor Hernández Hurtado fue removido de la Diócesis zamorana. Todo se fue conjugando para llegar a este desenlace que extrañó al pueblo cristiano. La bondad y prudencia del Obispo y quizás la falta de tino y energía en muchas ocasiones, comenzaron a engendrar descontento entre el Clero que se tradujo pronto en reproches y, desgraciadamente a veces, en protestas groseras e irrespetuosas.
El Señor Hernández invitó personalmente al Delegado Apostólico, Don Mario Pío Gásperi para que, del 15 al 19 de mayo de 1974, visitase la Diócesis. El motivo y fin principal de aquella invitación fue (como se lo expresó en la invitación al Señor Delegado) “para realizar más intensamente la unidad eclesial diocesana y universal, mediante la renovación y el incremento de nuestra vivencia del Primado Papal en este Año Santo”. En el fondo y con toda sinceridad, trataba de solucionar su situación delicada de la Diócesis. Pero, al realizarse aquella visita del Delegado Apostólico, algunos Sacerdotes en las reuniones habidas en Zamora, Uruapan y Sahuayo, expusieron (con toda libertad, pero quizás cargando las tintas en lo negativo) sus juicios acerca de la actuación y proceder del Obispo. Monseñor Pío, convencido de que el ministerio y la actuación del Señor Hernández en la Diócesis de Zamora iba a ser difícil y penosas por la situación, decide empezar a tramitar su cambio a otra Diócesis
El 13 de julio, anuncia todavía el Señor Hernández el inicio de sus Visitas Pastorales a las Parroquias. Tenía, para ellas, un plan y un proyecto...”no se trata de llenar un mero requisito legal, sino de ser como el buen pastor que anuncia  a los hombres la salvación; que santifica y que dirige la comunidad parroquial, ayudado por esa misma comunidad. Deseo estar en contacto con todos los integrantes de las parroquia: con los sacerdotes, religiosos y fieles, no sólo de la sede parroquial sino a ser posible de todos los poblados”.  Aquellas Visitas no se realizaron, pues el Señor Hernández fue nombrado Obispo Auxiliar del Señor Salazar en Guadalajara.
El 31 de diciembre de 1974, el Padre Miguel Espinoza, como Secretario de la Mitra  comunicaba a los Sacerdotes de la Diócesis el nombramiento además del Señor Hernández como Administrador Apostólico de Zamora (yendo y viniendo de Guadalajara), mientras se nombraba al nuevo Obispo.
Fino y atento hasta el final, el Señor Hernández, en  su última Circular del 19 de febrero de 1975,  anunciaba la llegada del Señor Robles, nuevo Obispo de Zamora:
“Al comunicar esto a la Iglesia Diocesana de Zamora, quiero decirles que a partir de esta fecha, el Excmo. Sr. Robles Jiménez quedará al frente de la Diócesis como su Obispo y Pastor y que así terminó la misión que se me confió, primero como Obispo y después como Administrador Apostólico. Quiero además, invitar a todos los Sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles a que... hagan presente al nuevo Señor Obispo personalmente o de otra manera oportuna, su respeto y obediencia fiel...
Con la seguridad de que todos recibirán a su nuevo Obispo como al representante de Cristo, los saludo y bendigo Adolfo Hdez. Admor. Ap. de Zamora”.

Genio y figura

La vida del Señor Hernández, ya como Obispo Auxiliar de Guadalajara, ha seguido su curso, siempre en las manos del Señor y llena de bondad y bonohomía. Ahí ha trabajado, ayudado y se  ha enfermado. Su salida de Zamora nunca la tomó como un fracaso o como una afrenta y, aunque sí la sintió, no guardó algún resentimiento... Simplemente vio la voluntad y la mano de Dios que va disponiéndolo todo y permitiendo todo con algún fin.
En su Guadalajara siguió haciendo el bien, siendo buen vecino, derramando su bondad y amabilidad por todos lados y a todo mundo...
Su situación actual, dura: reclusión en una casa de descanso,  falta de memoria y a veces de conciencia... Pero siempre bueno y amable.

 

 

JOSE ESAUL ROBLES JIMENEZ


Octavo Obispo de Zamora (1974-1993)

 

UNA VIDA NORMAL Y UNA BRILLANTE CARRERA

José Esaúl Robles Jiménez nació en Jalpa, tranquila y a la vez alegre Villa de Zacatecas, el 4 de junio de 1925. Sus padres fueron Don J. Refugio Robles y Doña Ma. de Jesús Jiménez quienes, con él y sus hermanos, Carmelita y Nunila (ambas Religiosas), José Ma. (también Sacerdote),  José Isabel y José Trinidad, formaron una buena familia, además de cristiana, familia que sirvió de marco a su vida entera.
El pequeño José Esaúl vivió en su tierra natal una infancia tranquila, normal, con el sabor provinciano y pueblerino. Ahí en Jalpa, donde bebió el paisaje y aspiró el perfume de sus naranjales, hizo su Primera Comunión y se mostró siempre como un niño serio, obediente y piadoso, según el testimonio de quienes lo conocieron entonces.
 Pronto la familia Robles Jiménez tuvo que emigrar a Aguascalientes en donde Doña Ma. de Jesús, cuidadosa de la educación de sus hijos, consiguió que la Madre Superiora de las Hijas del Sagrado Corazón y Santa María de Guadalupe se llevara a José Esaúl a su Colegio, en la ciudad de Zacatecas, “para que fuera educado cristianamente”. José Esaúl, además de  aquella separación a tan tierna edad, tuvo que sufrir también las incomodidades, carencias y sobresaltos de una vida casi a escondidas, debido a la persecución religiosa, a tal grado que en alguna ocasión le escribió a su madre: “Ven por mí porque nos dan puro atole”.
El 18 de octubre de 1936, a los 11 años de edad, entró al Seminario de Zacatecas, entonces funcionando  en una casona de Ojocaliente. Ya desde entonces, aquel chico, “de cejas pobladas y vivaracho”, destacó entre sus compañeros, no sólo por su pequeña estatura, sino por su inteligencia y sentido práctico. En septiembre de 1938, ya estando el Seminario en el anexo del templo de Jesús de la ciudad de Zacatecas, José Esaúl fue enviado al Seminario de Montezuma, donde era Rector el P. Don Ramón Martínez Silva, S.J., hermano del Obispo Auxiliar de Zamora, Don Salvador Martínez Silva.
Montezuma nunca se apartaría de los recuerdos de José Esaúl... Ahí estudió dos años de Humanidades, tres de Filosofía y cuatro de Teología. Recibió la Tonsura en 1945 y el Subdiaconado, en 1947, mostrándose siempre, además de buen estudiante, como buen deportista (practicó el Hockey sobre hielo, el Beisbol, el Volybol, el Futbol y el Basquet). También fue Redactor de la Revista Montezuma, en la que sus artículos, llenos de ironía y buen humor y bajo el seudónimo de Bernal Díaz del Castillo, eran leídos con gusto e interés.
Una vez de regreso a Zacatecas, en 1947, recibió el Diaconado y el 13 de septiembre de ese mismo año y antes de recibir el Presbiterado, pasó a Roma a estudiar una Licenciatura en Derecho y un Doctorado en Teología, siendo su tesis  “La espiritualidad del Clero Diocesano”. Ahí mismo en Roma, fue ordenado Sacerdote el 2 de abril de 1949, en la capilla del Colegio Píolatino de manos de Monseñor Alfredo Viola, Obispo uruguayo
Al volver a su patria, fue nombrado Vicario Cooperador, del Señor Cura Don Antonio Vela, quien lo había recibido  al Seminario, lo había enviado a Montezuma y había influido para que lo mandasen a Roma. Fue también Asistente de la ACJM en Guadalupe (tierra del Padre Pro), Encargado del Instituto Hacendario de la Diócesis, Prefecto General y Profesor del Seminario, Vicerrector y Rector del mismo y, como él mismo lo decía después, “chofer y granjero del mismo”
 En 1962, el Padre Don José Esaúl Robles Jiménez fue electo Obispo de Tulancingo, siendo consagrado el 14 de septiembre de 1962 por el Delegado Apostólico, Don Luigi Raimondi. En esa Diócesis ejerció espléndidamente y con mucho fruto su apostolado episcopal, durante casi 13 años, hasta que, el 12 de diciembre de 1975, fue nombrado Obispo de Zamora, tomando posesión de esta Diócesis  el 13 de marzo de 1975.
Fue  el Obispo mexicano más joven que asistió al Concilio Vaticano II. Ocupó varios e importantes puestos en la Conferencia Episcopal Mexicana, entre otros: miembro de las Comisiones de Educación y Cultura, del Clero, de los Seminarios, de las Vocaciones, de los Ministerios, llegando a ser un tiempo Vicepresidente de la misma Conferencia.
Su relevancia, su importancia como miembro del Episcopado Mexicano se manifestó, además de todos esos cargos, en la celebración de sus Bodas Episcopales en Zamora el año de 1987 con la asistencia del Cardenal Corripio, 25 Obispos, más de 200 Sacerdotes y numerosos Religiosos y Religiosas.
Realmente, dentro de la vida normal del Señor Robles Jiménez, se entretejió una carrera eclesiástica meteórica y brillante.

UNA OBRA EXTRAORDINARIA Y UNA PLENA ENTREGA

La labor de un Obispo en una Diócesis es enorme y llena de dificultades y, por lo mismo, necesita rodearse de buenos colaboradores para poder realizarla, ya que él solo no puede hacer nada o casi nada... Don Esaúl bien lo sabía y estaba convencido de ello; y, más todavía, sabiendo que en su nueva Diócesis se habían realizado, desde su erección, grandes obras por grandes Obispos que, ayudados por un gran número de hombres y mujeres, Sacerdotes, Religiosos y laicos, “venían construyendo con dignidad la Iglesia zamorana, caminando hacia el Padre”. Por eso, su labor en la Diócesis fue magnífica y en gran parte se debió a que supo elegir, en general, buenos colaboradores.
Sería punto menos que imposible enumerar en este espacio todas las obras que Don Esaúl llevó a acabo en la Diócesis de Zamora, durante los 18 años, 7 meses y cuatro días de su gobierno. Pero sí podemos señalar algunas de ellas:
Para los Sacerdotes, acerca de los cuales se expresó: “hasta aquí se ha dicho: nada sin el Obispo; y yo añado: de aquí en adelante, nada sin los Presbíteros”, tuvo especial dedicación y cuidado, reorganizando la  Nivelación Económica, el CCYAS, el Seguro de autos a Sacerdotes, las semanas de estudios y de formación para  ellos, etc.
Atención muy especial tuvo del Seminario, sabiendo que en él estaba el futuro de la Diócesis, actualizando su Reglamento y adaptándolo a la solución de los problemas del cambio conciliar, mejorando su economía y dotándolo de buenos educadores. Fruto de ese cuidado y de esa atención fue el casi centenar de Sacerdotes que se ordenaron durante su gobierno.
Las Parroquias ocuparon un lugar muy especial entre las preocupaciones y ocupaciones del Señor Robles, creando gran número de ellas (para una mejor atención de sus diocesanos) y visitándolas desde su llegada para conocer a sus Sacerdotes y a sus fieles.
En los Religiosos y Religiosas vio siempre el Señor Robles elementos de gran valía y de  inmensa ayuda, como lo demostraron la fundación del  Monasterio Trapense en Jacona, de las Madres Adoratrices en San José de Gracia y en Jiquilpan, la aprobación de la Pía Unión de las Hermanitas del Sagrado Corazón y de los ancianos desvalidos, la aceptación del Noviciado de los Padres Combonianos en Sahuayo y de los Pequeños Hermanos de María para el trabajo pastoral en los pequeños poblados y en los barrios pobres de las ciudades.
En cuanto a la Educación, entre otras cosas, promovió, ayudó y co-realizó la fundación
de una Universidad para la juventud zamorana y respaldó siempre la educación, no sólo en las escuelas católicas, sino también en las oficiales, contactando, colaborando y llevando las mejores relaciones posibles.
Pero sin duda alguna, la labor pastoral del Señor Robles se caracterizó en gran manera en Obras sociales, de beneficio, principalmente, para las personas más desprotegidas y para ello supo valerse de los laicos: un Albergue para los trabajadores del campo, el Hospital Margarita para los enfermos pobres, fundación de Charitas, ayuda y apoyo al Grupo FAS (Fondo de Apoyo Social, con la ayuda alemana ADVENIAT) con despensas y varios proyectos de desarrollo social.
Fue también un gran Animador (como él lo decía) de obras ya existentes, como la Cruz Roja, Alcohólicos Anónimos y Drogadictos Anónimos, las Cajas Populares y las Cooperativas, así como de múltiples  Jornadas Electorales y de Salud. Tenía también en mente el Proyecto de la fundación de un Asilo de ancianos, pero la muerte se lo impidió.
Dentro de la gran obra del Señor Robles en la Diócesis de Zamora, se deben mencionar varios Eventos Diocesanos y otras obras de gran trascendencia que se realizaron durante su gobierno:
- El Centenario de la Coronación de la Virgen de la Esperanza, Patrona de la Diócesis;
- El Sínodo Diocesano de 1987, “para aplicar a la realidad diocesana los lineamientos doctrinales y normas disciplinarias de la Iglesia Universal y Nacional, indicar métodos para una pastoral planificada y para lograr una mayor comunión y edificación del Pueblo de Dios”. La preparación de este Sínodo fue larga y ardua, sobre todo de parte de la Comisión Centro Coordinadora, nombrada para este evento. Después  de su celebración, el Señor Robles recorrió casi toda la Diócesis para ver si se estaba aplicando y no fuera letra muerta...
- Realizó un ajuste y acomodo a varios de los Organismos Diocesanos.
- Reorganizó la economía de la Diócesis y suprimió muchos aranceles para favorecer económicamente a los fieles.
- Se construyó y fundó el Instituto Cázares, en 1988, para la capacitación y preparación de Agentes de Pastoral.
- Consiguió la devolución, por parte del Gobierno, de la Catedral Nueva e, iniciando su terminación, hizo su dedicación como Santuario Diocesano a la Virgen de Guadalupe.
- Se arregló la Iglesia Catedral con nuevo piso, remodelación de la sacristía, las  pinturas y los anexos de la Curia.
- Se fundo el periódico “Mensaje” que ha venido a ser realmente un buen instrumento de Evangelización y de Comunicación entre el Obispo y los fieles.

UNA MUERTE INESPERADA Y UN PEQUEÑO JUICIO

El día 18 de octubre de 1993 significó para la Diócesis de Zamora un día pena y de consternación... Desde la operación que le habían practicado hacia tres años, la salud del Señor Robles se había quebrantado bastante. Pero su muerte repentina y solitaria, causó verdadero impacto en toda la Diócesis y fuera de ella. La tristeza y el dolor invadieron las almas de los fieles súbditos diocesanos del Señor Robles. Ante su cadáver, expuesto en la Catedral, pasó un desfile interminable del  pueblo, de las autoridades y de todas las clases sociales Sus funerales reunieron a 23 Obispos, casi 300 Sacerdotes y a miles de fieles que no cupieron en el recinto sagrado.  El cuerpo del Señor Robles fue sepultado el 20 de octubre, después de la Misa y un conmovedor y silencioso recorrido  por la Plaza, frente a Catedral.
El Señor José Esaúl Robles Jiménez ha muerto y el único juicio valedero y justo (sobre todo de su vida íntima y muy particular) es el que ya ha hecho  el Señor al que él sirvió... Acerca de su vida pública y de su actuación como hombre público y como Obispo, la historia se encargará de juzgarlo. Emitir un juicio sobre él y su actuación, a tan corto tiempo de que nos ha dejado, es difícil y peligroso porque la herida aún está fresca y los ánimos aún están caldeados.
 Pero, aunque con miedo y con respeto,  podemos adelantar algunos juicios sobre el Señor Robles, basados en su actuación pública, conocida por todos, en su hablar y predicar y, sobre todo, en algunos de sus escritos (conocidos unos; aún por conocerse, otros).
Debemos mostrar madurez al juzgar o al oír juzgar a nuestros hombres públicos, sobre todo a nuestros Pastores en el orden espiritual. No se vale ni el culto idolátrico y fanático a la personalidad, ni la descalificación injusta y visceral. Debemos aceptarlos con sus cualidades y sus defectos. Su historia, su verdadera historia, se irá escribiendo poco a poco...
El Señor Robles fue, sin duda, un gran hombre. En lo “grande” están incluidas sus muchas cualidades y virtudes; en lo “hombre”, sus carencias y defectos.
Su inteligencia y sentido práctico, su alegría y entusiasmo, su sencillez y su amor al prójimo, su valentía y decisión, su humildad en muchos casos, unida a su prudencia y, sobre todo, su entrega total a su ministerio y su lucha constante por ser fiel a Dios, a la Iglesia y a su propia conciencia, fueron el trasfondo y el fondo de su vida de hombre y de Sacerdote.
Tuvo la fortaleza (proclamaba en su escudo de dónde la tomaba) de salir adelante en situaciones críticas, en las muchas dificultades, en los varios disgustos, malos entendidos, enfrentamientos, anónimos, injurias, etc. Casi siempre tuvo la virtud de saberle dar su tiempo al hablar y al callar. Tenía un fuerte carácter, pero la mayoría de las veces se mostró atento y cortés.
El Señor Robles plasmó en sus escritos, hechos a la luz de la sinceridad con su Dios y en el silencio de sus Retiros y Ejercicios Espirituales, su personalidad, su intencionalidad y la aceptación humilde de su lado humano. En ellos se ve que nunca pretendió obrar de mala fe, ni hacer daño a nadie, sino que todo aquello que reconocía negativo en él tenía precisamente su origen en su condición humana. El se conocía y se enjuiciaba humildemente así:
“Me falta tener más en cuenta a los demás para planear mejor las juntas...” “... me falta escuchar más, convivir más con los demás” “... me chocan las protestas estériles, pero no promuevo más las acciones positivas...” “... al correr de los años, me amenaza la frialdad y el desinterés por los problemas de los demás”
Y en un escrito sincero y elocuente para Dios, para él y para los demás:
“NO ME GUSTA: f) que me falta dialogar más... g) que a veces me siento impaciente para tratar a los demás... ME GUSTA: g) bastarme a mí mismo (¿)”
No es pues de extrañar que todo esto (de lo cual él tenía conciencia) se reflejara a veces en sus actuaciones: dejarse llevar algunas veces por simples simpatías o antipatías, ser víctima inconsciente de la adulación y de la alabanza exagerada (nacidas de la falsa o interesada amistad), equivocadas tomas de decisión (aparentemente fruto de cierto capricho), no tomar mucho en cuenta a quienes no pensaban como él, etc. Actuaciones que eran comentadas con cierto disgusto por algunas personas, sobre todo Sacerdotes.
Dos cosas sorprenden en el Señor Robles y en su actuación como Obispo de Zamora: su facilidad y capacidad para realizar grandes obras (su legado social, sobre todo, fue extraordinario) y la poca consistencia de muchas de ellas que, o no han tenido continuidad o su fuerza se ha ido apagando poco a poco. El buscar explicaciones a esta realidad sería fruto de un largo y ecuánime análisis. Pero podrían delinearse algunas de ellas, como simples hipótesis, pero con cierto fundamento real: quizás cierto descuido en la parte legal, jurídica y pastoral de dichas obras emprendidas; o tal vez, un exceso de confianza hacia  laicos a quienes  encomendó algunas de esas obras y que sólo trataron de figurar socialmente o buscar sus propios intereses, so capa de apostolado; o el haber dejado que tales obras se fundaran y construyeran a la sombra de una personalidad, etc.

          UN DESENCUENTRO SACERDOTAL

          A la muerte del Señor Robles se hizo patente, aunque de manera acre y dolorosa, lo que ya se esperaba, se sentía y se vivía, casi desde su llegada a la Diócesis de Zamora: cierta división en el Clero zamorano. Siempre había existido, agazapada, callada, aunque controlable. Pero bastaron la muerte de Don José Esaúl, algunas frases condenatorias e imprudentes, ciertos artículos y algunos dimes y diretes para hacer público y notorio aquel “desencuentro sacerdotal”.
Ya son del dominio público las versiones de ambos grupos y quizás ambos tengan sus razones. En ambos grupos hay Sacerdotes dignos de todo respeto,  de gran calidad humana e intelectual y de reconocida solvencia moral y rectitud. Desde luego que cada uno de ellos está en su derecho de defender su causa y así deben hacerlo. Pero creo que el tiempo, el desvanecimiento de ciertos hechos (frutos quizás de posturas personal y convincentemente correctas) y el buen sentido irán, poco a poco, aclarando la historia de ese “desencuentro” que le está doliendo al pueblo cristiano y a todos los que estimamos y respetamos a nuestros Sacerdotes y que los queremos ver unidos entre sí.
De lo contrario, ¡qué pobre sería el Cristianismo y qué poca cosa resultaría el Sacerdocio!.

 

 

CARLOS SUAREZ CAZARES


Noveno Obispo de Zamora (1994-2006)

 

ALGUNOS DATOS DE SU BIOGRAFIA Y DE SU PERSONALIDAD

A la muerte del Señor Robles, no había la menor duda: quien lo sucediera en el gobierno de la Diócesis de Zamora, iba a recibir “una papa caliente” y eso fue precisamente lo que le tocó recibir a Don Carlos Suárez Cázares, noveno Obispo de Zamora.
Nació Don Carlos el 2 de diciembre de 1946 en La Piedad. Sus padres fueron Don Jesús Suárez y Doña Ma. de Jesús Cázares; sus abuelos paternos eran de Zináparo y, de Tanhuato, su abuela materna Fue el primogénito de una familia que constó de tres hombres y de tres mujeres: Carlos, José Antonio, Jesús, Gabriela, Julieta y Cecilia. Ahí, en La Piedad, hizo sus primeros estudios y, a los 12 años, en 1958,  con la ayuda, el interés y el apoyo del entonces Señor Cura de La Piedad, Don Estanislao Alcaraz, se fue al Seminario de Morelia,  donde cursó Humanidades, Filosofía y el primer año de Teología. En 1967 fue enviado a Roma, al Pío Latino, donde obtuvo, con honores y menciones especiales, una Licenciatura en Teología Dogmática...
En 1971 regresó a México, ordenado sólo diácono, y fue mandado la Basílica de Pátzcuaro a ayudar en los ministerios propios de su orden sagrada y, al año, comenzó a dar clases en el Seminario, recibiendo el 30 de diciembre de 1972  la ordenación Sacerdotal en el Santuario del Señor, en su tierra La Piedad, de manos del Señor Alcaraz, su antiguo Párroco.
Durante su estancia en el Seminario de Morelia, dio clases de Etica,  Teodicea, Historia. de la Filosofía y de México, Griego y Teología Dogmática. Fue además miembro del Consejo Presbiteral y luego su Presidente  en1980. En 1975,  colaboró, directa y eficientemente, en la fundación del Instituto Pastoral Don Vasco y formó parte y trabajó en la Región Pastoral Don Vasco, que comprende las Diócesis de  Apatzingán, Morelia, Tacámbaro y Zamora. Luchó por la fundación y buena marcha de la Revista Don Vasco y, finalmente, fue nombrado Rector del Seminario en 1983, puesto que ocupó hasta  1988.
Nombrado Obispo de Campeche, fue consagrado el 25 de julio de 1988 y de manos del Delegado Apostólico, Monseñor Jerónimo Prigione, en la explanada de la Catedral de Campeche. Ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Juvenil y ocupado algunos otros cargos y encargos.
Basta leer “Efemérides de la Piedad de Cabadas (1833-1911)”, diarios de algunos de los integrantes de la familia del Señor Obispo Don Carlos (Don Miguel Suárez, Don Andrés Morfín y Don Carlos Suárez Morfín) y publicados, con su permiso y la colaboración del Colegio de Michoacán y el Ayuntamiento de La Piedad, y basta visitar, alguna vez y a cualquier hora del día, la capilla del Santísimo en el Santuario del Señor de la Salud en La Piedad, para conocer un poco el origen de la reciedumbre, de la sencillez y de la transparencia de la fe y del cristianismo de Don Carlos Suárez Cázares: una familia creyente y seguidora de Cristo, plena de valores humanos y de convicciones religiosas y un pueblo, lleno de fe y de convicción eucarísticas, que, representado por todas sus clases sociales, por todas las edades y sexos y a todas horas del día, visita a Jesús Sacramentado... Sin duda alguna, repito, en estos dos hechos se deben encontrar gran parte de los factores que han contribuido en la vida, carácter y formación del noveno Obispo de Zamora.
No necesitamos indagar o buscar mucho para darnos una idea de su personalidad y de su manera de ser. El es un comunicador nato y gusta de compartir sus vivencias personales,  familiares y de amistad y, por ello, en sus escritos, en sus homilías y predicaciones nos regala muchas veces su retrato, su historia, su pensar y su actuar.
 Por otra parte y para no caer en el peligro de ser juzgado como adulador o “barbero”, se puede completar su figura, recogiendo lo que en diversas publicaciones se ha escrito de él, sobre todo (como suele suceder cuando alguien es nombrado Obispo) los varios rasgos y datos escrito por varias y diversas personas.
“Don Carlos posee el don de gentes y un gran espíritu fraternal”. “Hombre abierto a los demás y de fácil comunicación, y bondad”
“De ingenio agudo, siempre sonriente y feliz”. “En el Seminario de Morelia hizo historia como  futbolista apasionado, chiva de corazón (por que él sí sabe de futbol)”. “Alguien con quien se puede dialogar”. “Sincero y fraterno”...

HACE DIEZ AÑOS...
 
Cuando murió el Señor Robles, Don Carlos Suárez asistió a sus funerales, solidarizándose así con el colega Obispo y con la Diócesis de Zamora, tan cercana y tan conocida para él. No sé si se imaginó siquiera que él ocuparía aquel puesto vacante... pues ya desde ese entonces “se barajaba su nombre” para tal fin.
Sea de ello lo que fuere,  el día 18 de agosto de 1994 Zamora supo que ya tenía un nuevo Obispo: Don Carlos Suárez Cázares quien, a sus 47 años de edad, venía a entregarse a esta iglesia zamorana que el lunes 20 de septiembre lo recibió con los brazos y el corazón  abiertos. Así se demostró ese día durante y en todo el trayecto de su venida desde La Piedad hasta Zamora, desde el primer pequeño poblado de la Diócesis, el Palmito, pasando por Zináparo, Churintzio (donde se unió a la recepción el Padre J. Guadalupe Aguilar con sus feligreses de Carapan), la Autopista (donde la gente se agolpaba en los puentes para saludar al nuevo Pastor),  Ecuandureo, La Rinconada y Zamora, en la Catedral, donde el Señor Valencia, a nombre de toda la Diócesis, le dijo: “Esta en su casa, es su Diócesis; lo recibimos con fe como enviado por Dios”.
Ya desde Campeche, al saberse nombrado Obispo de Zamora, Don Carlos había enviado su primer saludo a los Sacerdotes y fieles de la Diócesis: “Con ustedes soy cristiano, para ustedes soy Obispo... Pido a Don Vasco de Quiroga una chispa de su amor visceral para apacentar estas tierras donde él ejerció el ministerio y donde vivió su Pascua definitiva”
En su homilía, el día de su toma de posesión, puso en claro sus deseos e intenciones: “Quiero ser signo de comunión y un vínculo de paz... quisiera estar en medio, más que arriba, ser no sólo cabeza, sino corazón, dialogar , antes que imponer, convocar, más que gobernar, orientar y discernir más que obligar, solicitar más que promover o remover... Hermanos Sacerdotes, ayúdenme a ser Obispo”...
      “Estoy dispuesto a trabajar con todos, a ser buen hermano y un buen guía. Hacer lo que el Señor pide ahora para ser un buen Pastor de mis hermanos Sacerdotes”.
Esa fue la estampa y la esperanza vividas por la Diócesis de Zamora, hace diez años: un Obispo con la mejor de las intenciones y un pueblo (Sacerdotes y fieles) en espera anhelante de seguir caminando, “derecho y sin piedras, hacia el Señor”.

 

Actualizado ( Lunes, 11 de Enero de 2010 00:20 )
 

Your are currently browsing this site with Internet Explorer 6 (IE6).

Your current web browser must be updated to version 7 of Internet Explorer (IE7) to take advantage of all of template's capabilities.

Why should I upgrade to Internet Explorer 7? Microsoft has redesigned Internet Explorer from the ground up, with better security, new capabilities, and a whole new interface. Many changes resulted from the feedback of millions of users who tested prerelease versions of the new browser. The most compelling reason to upgrade is the improved security. The Internet of today is not the Internet of five years ago. There are dangers that simply didn't exist back in 2001, when Internet Explorer 6 was released to the world. Internet Explorer 7 makes surfing the web fundamentally safer by offering greater protection against viruses, spyware, and other online risks.

Get free downloads for Internet Explorer 7, including recommended updates as they become available. To download Internet Explorer 7 in the language of your choice, please visit the Internet Explorer 7 worldwide page.